La Iglesia que yo amo
Un poema de Esteban Gumucio que hizo suyo el cardenal Raúl Silva Henríquez

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Fechado en septiembre de 1981, el texto fue enviado al arzobispo de Santiago de aquel entonces, cardenal Raúl Silva Henríquez, como reconocimiento a sus veinte años de servicio pastoral. En sus versos, Esteban reunió la fe aprendida en familia, la vida de las comunidades y el compromiso con los pobres y perseguidos. La voz del cardenal contribuyó a transmitir esa declaración de amor a una Iglesia concreta, cercana y humana.
En septiembre de 1981, Esteban Gumucio puso por escrito una extensa declaración de amor. Su destinataria era la Iglesia; quien recibiría aquellos versos, el cardenal Raúl Silva Henríquez. Según la nota editorial en el libro Poemas, el sacerdote de los Sagrados Corazones los envió en reconocimiento a los veinte años del cardenal como pastor de la Iglesia de Santiago, cuyo arzobispado había asumido el 24 de junio de 1961.
El regalo llevaba por título La Iglesia que yo amo. En lugar de enumerar los méritos del homenajeado, Esteban recorrió los rostros, las experiencias y las esperanzas que daban sentido a su pertenencia eclesial. El texto, recogido también en el libro Canto desde el centro de la libertad, encontró en Silva Henríquez una voz que lo haría suyo en distintas oportunidades.
La Iglesia tiene rostros y memoria
El poema comienza en la intimidad de una casa. Antes de las formulaciones del catecismo aparecen los ojos del padre, las manos de la madre, la Biblia del velador y el rezo del rosario. La Iglesia se aprende en los gestos cotidianos, en la ternura y en una fe transmitida sin estridencias. Esteban lo expresa con una frase que enlaza su infancia con el bautismo en la parroquia Santa Ana: «Antes de conocerla ya era mía».
Esa memoria incluye a quienes suelen quedar fuera de los grandes relatos. Rosenda, que reza mientras prepara las cebollas, y María, que lo lleva de la mano a misa, forman parte de la misma comunidad que sus padres. La experiencia de Dios tiene nombres propios y se transmite también en la cocina, en el trabajo y en el cuidado. Desde allí cobra espesor el estribillo que atraviesa la obra: «la Santa Iglesia de todos los días».
La mirada se ensancha hacia las comunidades y la religiosidad popular. Una mujer que ha criado hijos ajenos, perdonado humillaciones y compartido su pobreza camina detrás de un anda. Esteban invierte la escena habitual: son los santos quienes se vuelven hacia ella. En esa mujer anónima reconoce una santidad vivida, capaz de enseñar a toda la Iglesia.
Luego aparecen la diversidad de vocaciones, el pensamiento teológico, la apertura a la ciencia y el esfuerzo por construir una ciudad justa. La unidad exige paciencia y convivencia entre sensibilidades distintas. Por eso el poeta puede reunir, sin borrar sus tensiones, a la Iglesia «maestra y discípula, jerárquica y popular». La comunidad que enseña necesita también aprender.
El recorrido adquiere una fuerza particular al llegar a América Latina. Medellín y Puebla, Dom Helder, Romero y Luther King se encuentran con los profetas bíblicos. El horizonte de la fe se abre al sufrimiento de los pueblos y a sus luchas por la dignidad. En ese pasaje, la Iglesia de Santiago recibe una definición inequívoca: «no dice “Amén” / a los decretos de la metralleta».
Leídos en el contexto de la dictadura chilena, esos versos expresan una exigencia evangélica con consecuencias públicas: defender a los perseguidos, acompañar al pueblo y sostener la libertad. El homenaje a Silva Henríquez adquiere así un sentido profundo. Esteban reconoce una manera de ejercer el ministerio pastoral en la que la fidelidad a Jesucristo compromete con la vida amenazada.
Un poema, dos voces y una misma pertenencia
Silva Henríquez acogió el texto y lo leyó con su propia voz. El archivo sonoro dedicado a su memoria conserva una grabación de ocho minutos y cincuenta segundos, identificada expresamente como un texto de Esteban Gumucio leído por el cardenal. Esa distinción permite reconocer el aporte de ambos: Esteban escribió el poema; don Raúl lo convirtió también en expresión de su propia experiencia de Iglesia.
Décadas después, el 16 de enero de 2018, sus palabras volvieron a escucharse en la Catedral de Santiago. Durante el encuentro con sacerdotes, personas consagradas y seminaristas, el papa Francisco citó el comienzo del poema al evocar al cardenal Silva Henríquez. La referencia mostró la fuerza de esa asociación, aunque la autoría corresponde a Esteban Gumucio.
La profundidad del poema reside también en el lugar que concede a la fragilidad. Esteban ama a una Iglesia herida por sus conflictos, capaz de reconocer sus limitaciones y de seguir aprendiendo. Nombra a los santos y a los pecadores, a los divorciados creyentes y a quienes cargan con el desprecio social. Su pertenencia eclesial se expresa en el deseo de una casa amplia, donde los pobres puedan sentirse en su propio lugar.
Desde esa perspectiva, el texto permite preguntarse por la vida de las comunidades: cómo acogen, a quiénes escuchan, qué lugar conceden a los excluidos y con qué libertad defienden la dignidad humana. Su lectura conserva una capacidad de interpelación que va más allá del homenaje que le dio origen.
Al final, después de recorrer memorias, conflictos y esperanzas, Esteban vuelve al fundamento de su amor. La Iglesia es de Jesucristo, y en ella quiere permanecer. Los últimos versos reúnen la intimidad del poeta y la decisión del creyente: «en ella quiero vivir / hasta el último momento. Amén».
Texto completo y original de "La Iglesia que yo amo".
La Iglesia que yo amo es la Santa Iglesia de todos los días.
La encontré peregrina del tiempo, caminando a mi lado.
La tuya, la mía, la Santa Iglesia de todos los días.
La saludé primero en los ojos de mi padre, penetrados de verdad.
En las manos de mi madre, hacedoras de la ternura universal.
No hacía ruido, no gritaba, era la Biblia de velador,
Y el rosario y el tibio cabeceo del Ave María.
La iglesia que yo amo, la Santa Iglesia de todos los días.
Antes de estudiarla en el catecismo,
me bañó en la pila del bautismo, en la vieja parroquia Santa Ana.
Antes de conocerla ya era mía, la Santa Iglesia de todos los días.
Era la iglesia de mis padres y la iglesia de la cocinera.
La Rosenda lloraba las cebollas, rezando el Padre Nuestro iba a misa la María,
Me llevaba de su mano a la Iglesia Santa de todos los días.
En la aventura del mundo que crecía, con Pablo y con Pedro y Teresita,
La Iglesia Santa de todos los días.
Jesucristo, el Evangelio, el pan, la eucaristía, el Cuerpo de Cristo humilde cada día.
Con rostros de pobres y rostros de hombres y mujeres,
que cantaban, que luchaban, que sufrían.
La Santa Iglesia de todos los días.
A los 10 años se dice, a los 12 misioneros, a los 13 y los 14,
vitrales increíbles de mil rostros y voces llamadas.
Vino el obispo y el sacerdote, la palabra que oraba y penetra las raíces de la vida.
Juntaba pueblos, despertaba a los dormidos,
Llamaba a la oración añorados perdones de constricción,
Remecida de testigos, la iglesia comunión argüía, incomodaba,
Convidaba a la basta corriente de la paz,
A los riesgos misioneros,
A las selvas del Congo,
Al seguimiento del amigo.
La iglesia del corazón limpio,
La iglesia del camino estrecho,
La bella iglesia de la vida,
La Santa Iglesia de todos los días.
Y el Papa de nuestra fe, en mi corazón joven,
Apretando a la justicia, traduciendo las bienaventuranzas,
abriendo bastos horizontes, prolongando nuevas andanzas
y rostros ignorados y pueblos heridos, de quemantes abandonos,
el Papa de todas las lenguas, de urgentes problemas,
de infinitas confianzas, el Papa de la Iglesia de todos los días
y los mandamientos de su sabiduría.
Y lo que no estaba, ni está , ni estará oficialmente inscrito y reservado,
El pueblo de la iglesia sin fuerza, la iglesia ancha de las 100 mil ventanas
Y el aire del espíritu católico circulando en libres espirales
Y los pobres construyendo catedrales de paja, desperdicio y leño,
Con ojivas de pizarreño y lo mejor de su pobreza.
Escuchen que vienen por las calles la iglesia de las grandes y pequeñas procesiones,
La iglesia heroica de amor, la vieja heroica de amor entre rezos y devociones,
Desde sus andas multicolores, los santos le preguntan sus perdones,
Porque crió los hijos que no eran suyos y rezó por muertos que la humillaron
Y vivió tan pobre sin voto de pobreza y dio la mitad de lo que no tenía.
Va en procesión feliz detrás del anda,
los santos la miran desde su baranda distinta en su tecnología,
Esta humilde iglesia de todos los días.
Amo a la iglesia de la diversidad, la difícil iglesia de la unidad.
Amo a la iglesia del laico y del cura, de San Francisco y de Santo Tomás,
La iglesia de la noche oscura y la asamblea de la larga paciencia.
Amo a la iglesia abierta a la ciencia, y esta iglesia modesta con olor a tierra,
Construyendo la ciudad justa, con sudores humanos,
Con el credo corto de los apóstoles.
Amo a la iglesia de los padre y los doctores,
De algunos sabio de hoy en día que escriben libros para los hombres y
no se quedan en librerías.
Amo a la iglesia de aquí y ahora,
La iglesia pobre de nuestro continente,
Teñida de sangre, repleta de gente
De pueblos antiguos sin voz y derrotados
Amo a la iglesia de la solidaridad
Que se da la mano en santa igualdad.
Amo a esta iglesia que se acerca a la herida de su Cristo.
La iglesia de Puebla y Medellín, de Dom Elder, de Romero y Luther King, que vienen de la mano de Moisés, David, Isaías y Exequiel.
Amo a la iglesia que va con su pueblo sin transigir la verdad,
Defiende a los perseguidos y anhela la libertad.
Amo a la iglesia esperanza y memoria,
A la iglesia que camina y a la iglesia de la santa nostalgia,
Sin la cual no tendrían futuro.
Amo a la iglesia del verbo duro y del corazón blando.
Amo a la iglesia del derecho y del perdón.
La iglesia del precepto y de la compasión,
Jurídica y carismática, corporal y espiritual,
Maestra y discípula,
Jerárquica y popular.
Amo a la iglesia de la inferioridad, la pudorosa iglesia de la indecibilidad.
Amo a la iglesia sincera y tartamuda,
A la iglesia enseñante y escuchante,
La iglesia audaz, creadora y valiente,
Y a la santa iglesia convaleciente.
Amo a la iglesia perseguida y clandestina,
Que no vende su alma al dinero omnipotente.
Amo a la iglesia tumultuosa ya la iglesia de surcos milenarios,
Amo a la iglesia testimonial y a la iglesia herida de sus luchas interiores y exteriores.
Amo a la iglesia por conciliar que va de la mano respetablemente de la Santa iglesia tradicional.
Amo a la iglesia de la serena ira,
A la iglesia de Irlanda y Polonia, de Guatemala y de El Salvador,
A la iglesia de los postergados y a la iglesia de la multitud de marginalizados.
No quiero una iglesia de aburrimiento, quiero una iglesia de ciudadanía,
De pobres en su casa, de pueblos en fiesta, de espacios y libertades, quiero ver a mis hermanos aprendiendo y enseñando al mismo tiempo, iglesia de un solo Señor y Maestro
Iglesia de la palabra y de los sacramentos.
Amo a la Iglesia de los Santos y de los pecadores
amo a esta Iglesia ancha y materna
no implantada por decreto,
la Iglesia de los borrachos sin remedio,
de las prostitutas que cierran su negocio el Triduo Santo.
Amo a la Iglesia de lo imposible
la Iglesia de la esperanza a los pies de la mujer,
la Santa Madre María.
Amo a esta Iglesia de la amnistía,
la Santa Iglesia de todos los días.
Amo a la Iglesia de Jesucristo,
construida en firme fundamento,
en ella quiero vivir
hasta el último momento.
Amén.


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