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A propósito de «El Bosque de Karadima»

«Le hace bien a nuestra Iglesia volver a reflexionar porque aún no se ha hecho justicia plena a muchas de las víctimas de abusos, y se sigue traicionando la Buena Noticia de Jesús con actitudes de abuso de poder y de ocultamiento de la verdad. Mientras no cambie la mentalidad en el ejercicio del poder, sobre todo en el clero, al que pertenezco, no podemos esperar verdaderos frutos de conversión«. 

Guillermo Rosas ss.cc.*

A pocos días de aparecer en cartelera, fui con mis hermanos de comunidad a ver la película «El Bosque de Karadima», del director Matías Lira. Nos pareció natural ir a verla. Había sido precedida por mucha publicidad, pero tenía un público asegurado por el impacto que tuvo el caso Karadima en la sociedad y en la Iglesia del país, y tanto el ex párroco de El Bosque como sus víctimas han seguido estando presentes en los medios de comunicación.

Por la gran exposición mediática que ha tenido el caso no era fácil, a mi juicio, hacer una película que lograra tomar la distancia necesaria de una obra de arte, trascendiendo los hechos sin hacerse abstracta y reflejando la realidad sin ser intrascendente. Creo que Lira logró hacerlo. Me gustó mucho.

Es una buena película, como cine y como reflexión sobre la maldad y la fortaleza humana. No hay nada en ella que ofenda a nuestra Iglesia o a su jerarquía. No es amargada, ni exagerada, ni panfletera. No falta a la verdad. No caricaturiza a los personajes, no los condena ni los endiosa. No explota el morbo, y las escenas más crudas están, a mi juicio, perfectamente justificadas por el contexto. Además, esa crudeza es, con toda seguridad, mucho menor que la de la realidad vivida por las víctimas durante años de abusos.


A nuestra Iglesia le hace bien reflexionar, una vez más, sobre el gravísimo daño que hombres y mujeres que dedican su vida a la causa del Evangelio han ocasionado a víctimas concretas, vulnerables, muchas veces indefensas. El presbítero Fernando Karadima es el personaje más visible de ese daño, pero no el primero ni el único. En él se sintetiza una mentalidad perversa que fue aceptada y tolerada, e incluso imitada por alguno de sus discípulos, en un ambiente cerrado, elitista, con algo de mesiánico, que cultivó una irracional y acrítica reverencia a un hombre con una grave anomalía de personalidad y una particular y enorme habilidad para dominar y manipular a las personas a favor suyo, especialmente a personas vulnerables y necesitadas de afecto y acogida, lo que hace más perversa su acción, creando una especie de secta, como ha sido calificada por algunos, con códigos, principios, terminología y ritos propios. Los coincidentes testimonios acerca de los pseudo juicios a que eran sometidos los que no se doblegaban a alguna indicación de Karadima o se resistían a su dominación, en los que participaban hombres que luego han llegado a ser presbíteros e incluso obispos, pastores de la Iglesia en Chile, revelan una situación que solo se puede comprender en un contexto de extrema y sistemática deformación de los valores que el Señor vivió, enseñó y dejó a sus discípulos, mezclados con valores, prácticas y una piedad propias de los grupos más conservadores de la Iglesia.


Le hace bien a nuestra Iglesia volver a reflexionar porque aún no se ha hecho justicia plena a muchas de las víctimas de abusos, y se sigue traicionando la Buena Noticia de Jesús con actitudes de abuso de poder y de ocultamiento de la verdad. Mientras no cambie la mentalidad en el ejercicio del poder, sobre todo en el clero, al que pertenezco, no podemos esperar verdaderos frutos de conversión. No sería honesto decir que hombres como Karadima son enfermos psíquicos, justificando con ello sus acciones y desmarcando al resto del clero del asunto. Podrá ser cierto que en Karadima hay un factor patológico agregado, pero este no habría hallado terreno fértil para desplegarse si no fuera porque parecía normal un determinado estatus del sacerdote en la Iglesia, y unas determinadas formas, indiscutidas, de ejercer el poder inherente a su ministerio, en el dominio que es una parroquia. El caso de Marcial Maciel, el fallecido fundador de los Legionarios de Cristo, es parecido. Solo un estilo de ejercicio del poder que es previamente aceptado e indiscutido para algunos católicos, puede explicar que se haya generado e instalado en el instituto por él fundado un conjunto de normas, prácticas y convicciones contradictorias con los principios evangélicos, coartadoras de la libertad de las personas y, en definitiva, gravemente atentatorias de la dignidad del hombre. El poder o, mejor dicho, la forma de ostentar, manejar y ejercer el poder en el clero es, a mi juicio, el o uno de los núcleos que pueden echar luz sobre casos como el de El Bosque de Karadima. Me parece que esto queda bien reflejado en la película de Matías Lira, naturalmente con la colaboración de las muy buenas actuaciones de Gnecco y Vicuña. Este último vuelve a mostrar su versatilidad, interiorización de su personaje y credibilidad actoral en el papel de Thomas Leighton.


La película hace pensar más allá de su contenido puntual, que son los abusos de Karadima. En esa perspectiva, creo que los últimos episodios de la Iglesia en Chile no son casualidad, sino consecuencia, en buena parte, del mismo problema de ejercicio del poder clerical, de un determinado modo de entender la Iglesia, el sacerdocio, la obediencia, la libertad y en definitiva, Dios, que no solo persiste en nuestra Iglesia, sino que además sigue siendo trasmitido, en algunos lugares, a las nuevas generaciones de presbíteros. Varias o muchas son las historias escuchadas, en años cercanos, sobre presbíteros de reciente ordenación, que llegan a sus nuevas parroquias con un autoritarismo que asombra y avergüenza, cambiando todo con banderas de cómo deben ser las cosas, desplegadas y flameantes.

Por otra parte, cuesta reconocer la impronta profunda del Evangelio en ciertas actuaciones de algunos de nuestros jerarcas. Admira que el Evangelio «dé para tanto», y más bien se siente uno inclinado a pensar que no puede dar para tanto, que no se puede estirar tanto un criterio, desdibujar tanto una orientación que en la revelación divina -particularmente en los Evangelios- aparece clara y coherente. Uno presiente, en algunos casos, un manejo del poder que huele a lo peor de lo humano y que carece del mínimo evangélico, aunque esté investido de la formalidad y el apoyo de la letra de la ley humana.

Hay que volver a creer y a actuar según el Dios de Jesucristo, ese que Él reveló con palabras, actitudes y acciones concretas, y a amar con toda la fuerza su Evangelio de Misericordia, de Amor, de Libertad y de Vida. Camino siempre arduo porque somos frágiles, pecadores e inconstantes. Pero siempre posible porque con los ojos fijos en Él no se puede errar la dirección.


Vista la película de Lira y trayendo de nuevo a la conciencia lo que la hizo posible, me parece bueno y necesario decirle a Juan Carlos Cruz, a James Hamilton, a Andrés Murillo, a Fernando Battle y a todos los que no han podido o querido denunciar los abusos de Karadima y de otros abusadores, que estamos con ellos, las víctimas, y no con los victimarios o sus cómplices. Son estos, no aquellos, los que tienen que demostrar su inocencia y credibilidad. Es inconcebible que para contradecir los argumentos de las víctimas se las descalifique como personas. Si lo que han revelado y defendido, a costa de su prestigio, de su privacidad, de su derecho a vivir tranquilos, no es verdad, hay que demostrarlo. Descalificar a una persona es lo que Jesús no hizo. Me horroriza el gravísimo abuso que sufrieron, me enorgullece su valentía y me edifica su perseverancia. Les pido que no dejen que nos olvidemos de este mal, hasta que se vean signos de cambio en la mentalidad que, desgraciadamente, los aciertos del Papa Francisco no logran erradicar en nuestra Iglesia en Chile. Que la Pascua que aún vivimos sea un tiempo de conversión para todos. De algún modo, todos somos responsables de este mal. Por eso, todos tenemos que cambiar algo en nuestro corazón. El camino está claro: Fijos los ojos en Jesús, como dice junto a la tumba de nuestro querido Tata Esteban.

* Guillermo Rosas es religioso de los Sagrados Corazones y doctor en Liturgia.

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