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Alberto Toutin en revista Mensaje: «Cómo ha cambiado Chile… y nosotros seguimos haciendo lo mi

En la edición de diciembre de revista Mensaje, la periodista Paz Escárate recoge, en una entrevista, la mirada de la iglesia del superior general de los Sagrados Corazones Alberto Toutin, de paso en Chile a fines de octubre para encontrarse con su familia y hermanos. Agradecemos la gentileza de Mensaje en permitir replicar la publicación. La foto es de Ricardo Abarca.

Por Paz Escárate Cortés

Desde la casa general de la congregación, un chileno acompaña e interpela a sus hermanos repartidos por el mundo para que sean fieles al evangelio. A pesar de la distancia, la crisis de la Iglesia chilena le duele y cree que una forma de revertirla es pensar un modo de ser sacerdote absolutamente distinto al que estamos acostumbrados.

¿La casa de los Sagrados Corazones, te queda bien?… Si no, yo me puedo acercar en bicicleta donde te convenga más», dice Alberto Toutin (50), elegido en septiembre superior general de la rama masculina de los Sagrados Corazones. De pelo rizado y ojos pequeños, está de pie en la capilla del Colegio de los SSCC de Manquehue, con ocasión del lanzamiento del libro Para renacer hemos nacido del sacerdote Percival Cowley1, y no ha parado de recibir abrazos y palabras de afecto porque es el primer chileno que ocupa esa responsabilidad en la historia de su congregación, nacida hace 218 años en Francia.

Estuvo en nuestro país durante la segunda quincena de octubre para participar en una reunión y celebración de las ramas femenina y masculina de los Sagrados Corazones, ya que la hermana Patricia Villarroel, también chilena, fue —paralelamente— elegida como superiora general de la congregación de mujeres. Ahora, durante una tarde de primavera, en la casa central de los Sagrados Corazones ubicada en Ñuñoa, se dispone a conversar sobre la situación de la Iglesia y sus nuevas responsabilidades.

TEOLOGÍA Y LITERATURA

Hijo de Agustín Toutin y Josefina Cataldo de Caballería, es el sexto de siete hermanos nacidos en Valparaíso. Toda su educación primaria y secundaria se desarrolló en el Colegio de los Padres Franceses de Viña del Mar. Fue allí, en medio del atletismo, los scouts y el Centro de Alumnos, donde descubrió su vocación religiosa, y esto sucedió tan claramente que ni siquiera se le ocurrió conocer otras congregaciones. Quería ser como los curas de su colegio, como Javier Prado Aránguiz —quien sería obispo, sucesivamente, en Iquique, Valparaíso y Rancagua entre 1984 y 2004— y tantos otros que conoció en esas aulas. «Siempre encontré que era gente normal, interesada por lo que nos estaba sucediendo, por lo que pasaba en el país. No eran piadosos restringidos. Era gente capaz de expresar afecto, de enojarse, de pedir perdón. Todas esas cosas me resultaban muy atractivas como figuras de referencia. Entonces dije: Yo quiero ser parte de una familia que tenga gente como ellos».

Durante su formación pensó en optar por ser hermano, porque está convencido de que es una vida plena. Después de hacer sus votos perpetuos le preguntaron si quería ser ordenado sacerdote. Su respuesta fue un «no, por el momento» y se fue a vivir a la comunidad religiosa ubicada en Concepción. «Allá, la gente, los enfermos de sida con los que trabajé, empezaron a requerir cosas que estaban relacionadas con el ministerio sacerdotal. Por ellos pensé en la ordenación».

Después de esa primera experiencia pastoral fue enviado a estudiar una maestría y luego un doctorado en teología sistemática en el Instituto Católico de París. Conjugó teología con literatura, pues «me parecía que era una racionalidad descuidada recientemente por la teología y que había que reanudar ese diálogo». Explica: «Mi impresión es que teníamos un registro demasiado restringido de palabras humanas, que es ese logos más filosófico abstracto, pero había un amplio campo de palabras humanas que no estaban siendo escuchadas y donde Dios estaba murmurando cosas. Entonces, si Dios se hizo palabra, ¿no se habrá hecho también palabra literaria, poética, más cercana al cuerpo, a las culturas?». Cuenta que trabajó con autores franceses y alemanes, pero sobre todo con la que califica como una de las novelas más importantes de América Latina, Hijo de hombre, del paraguayo Augusto Roa Bastos, que revela el valor de hombres y mujeres marginados, golpeados por la historia en el Paraguay rural.

Tras sus estudios en Francia, estuvo unos años en Santiago, en la parroquia La Anunciación, siendo maestro de novicios y haciendo clases en la Facultad de Teología de la Universidad Católica. Eso hasta 2012, año en que lo eligieron consejero del gobierno general de la congregación y se trasladó a vivir a Roma.

En octubre pasado correspondió realizar un capítulo y escoger nuevo superior general para suceder al español Javier Álvarez-Ossorio. De entre los 42 representantes de las provincias donde se encuentra la congregación en el mundo, lo eligieron por amplia votación para llevar adelante las orientaciones entregadas en el capítulo. Su misión, asegura, es «acompañar a las comunidades donde estamos presentes e interpelar» para ser fieles a las decisiones adoptadas en el capítulo general.

—¿Por qué aceptaste esta responsabilidad?

—Creo que estamos en un momento, no solo en Chile, en el que se nos llama a imaginar nuevas formas de ser Iglesia y donde, curiosamente, la llegada de Francisco el 2013 da más legitimidad a ciertas intuiciones que la Iglesia latinoamericana ha estado trabajando hace mucho tiempo y que ahora, en la voz del Papa, adquieren una carta de ciudadanía universal.

—¿A qué tipo de Iglesia te refieres?

—A una Iglesia con más sabor evangélico. Sobre todo, con una mayor cercanía a los invisibles, a los marginalizados, a los pobres. Por ahí es donde está nuestra salvación.

INVOLUCRAR A LOS LAICOS

Todos los años venía a Chile y cada vez se encontraba con un país más cambiado, «más empoderado, más crítico, con mayor poder de consumo, mucho más plural. Entonces pensaba: “Cómo ha cambiado Chile… ¡y nosotros seguimos haciendo lo mismo!”».

A su juicio, la crisis de la Iglesia debía venir desde fuera para hacernos mirar lo que ocurría adentro. «Principalmente, por parte de las víctimas que empezaron a cobrar una voz cada vez más fuerte, que denuncian hechos no aislados, sino que corresponden a un patrón de conducta cultural protegido por la Iglesia».

Dice no estar convencido de que estemos dimensionando la gravedad de los hechos. «Ver cómo nos hemos comportado, cómo dimos por “normales” cosas que no eran normales, sino que inaceptables… No estamos asumiendo verdaderamente la envergadura del cambio que esto va a suponer en nuestros modos de relación, de nominación de obispos, en nuestra relación con las personas como interlocutoras y no como gente que tiene que escucharnos, en nuestras exigencias de posicionarnos en el espacio público desde la calidad de nuestros argumentos y no desde una especie de autoridad donde estaríamos instalados».

Advierte que no quiere ubicarse «en la trinchera de los lamentos, sino propiciar que en nuestras parroquias y colegios involucremos a los laicos —hombres y mujeres— con los que trabajamos, en la toma de decisiones. ¿Aceptamos que ellos nos controlen y nos pidan cuentas? Bueno, si queremos que las cosas cambien, no hay que esperar que esto sea una decisión de arriba».

«ME DUELE, ME DA VERGÜENZA»

—Hace poco decías en una entrevista que la crisis de la Iglesia chilena te dolía, ¿qué es lo que más te duele?


—El dolor de las personas que han sido abusadas, con cualquier tipo de abuso. Me duele, me da vergüenza. Nunca pensé que fuésemos capaces de eso… ni que fuésemos protegidos por la institución eclesial. Me duele la institución. No actúo de francotirador, pero creo que a ella hay que ponerle una bomba desde dentro, hay que desmontar desde dentro, pero me duele.

—¿De qué manera empezamos a sanar del abuso sexual y de poder?


—Como no somos virtuosos, necesitamos aceptar los legítimos sistemas de control; los tenemos, únicamente hay que hacerlos operativos. Control en el caso de una vocación, por ejemplo, es tomarnos en serio los pareceres de quienes acompañan al postulante, los informes sicológicos y lo que dicen los formadores. Si en una actividad parroquial hay un consejo económico, debemos tomar en serio que un laico también tiene un rol en la firma de los cheques y que uno está obligado a dar cuenta no solamente al obispo, sino a la comunidad cristiana del ejercicio del ministerio anualmente.

Por otra parte, si hay algo de lo que la Iglesia ha hablado en los últimos tiempos es de sexualidad y —si bien en nuestra congregación ese no es un tema tabú— pareciera que nos cuesta encarnar adecuadamente entre nosotros lo que hablamos de sexualidad, identidad sexual o afectividad. Asumimos esos temas, pero no siempre en el nivel en el que se están jugando nuestros conflictos y preocupaciones. Necesitamos encontrar un modo de crecer en nuestra sexualidad y afectividad siendo célibes, y eso significa un mejor modo de hablar y transparentar lo que vivimos, así como de hacernos ayudar no solo entre hermanos, sino también por parte de gente externa. Mi impresión es que necesitamos que eso esté más integrado como elemento dinamizador de nuestro modo de ser varón y mujer, y que el evangelio repercuta también ahí no como un deber ser, sino como algo que viene precisamente a iluminar nuestras oscuridades.

SACERDOCIO, MUJERES Y AUTORIDAD EN LA IGLESIA

—¿Crees que el sacerdocio tiene que ser solo de hombres célibes?


—No, también de hombres casados, sin ninguna duda.

—Sin mujeres en la toma de decisiones, la Iglesia está incompleta. ¿Qué hay en la participación de ellas que consideras importante para la construcción de una Iglesia distinta?

—Las mujeres tienen conciencia de lo que suponen los plazos del cambio, porque saben lo que significa la maduración, los lentos procesos de crecimiento de las personas. Creo que tienen conciencia de cómo acompañar, porque cualquier cambio y crecimiento lento supone que hay que acompañar más. Después, colocan más empatía. Antes de cualquier solución, ofrecen ese espacio de empatía en que las personas se sienten efectivamente acogidas. Creo que le viene bien a la Iglesia una voz más femenina para completar la mirada de la realidad. Y, si me apuras más el paso, creo que la Iglesia necesita que en todos sus espacios de discernimiento y de decisión puedan estar más las mujeres para que entonces aparezca una masculinidad más clara. Cuando estás solo entre hombres, el rango de lo que aparece es de una masculinidad empobrecida.

—¿Cómo es esa masculinidad más clara?

—Mucho más integrada con lo femenino. Uno podría decir que masculinidad significa una energía del proyecto más utópica, la mujer es más telúrica, por dar alguna pincelada. Es algo que se está repensando y que evidentemente nos ayudaría a pensarlo mejor: varón y mujer, a la par, en todos los ámbitos de la Iglesia.

—¿Hay espacio para el sacerdocio femenino?

—No me parece mal que haya mujeres sacerdotes. Sin embargo, me preocupa que el sacerdocio de la mujer pueda significar un acorta camino: el tema de fondo, en rigor, es repensar el ministerio sacerdotal en clave de una función al servicio de la comunidad cristiana, instalada en la vocación bautismal. Encontraría lamentable que la manera en que las mujeres realmente pudieran participar en la Iglesia y estar en las instancias de decisión sea pasando por una forma de ministerio que está dando signos de decadencia. Si vamos a poner la bomba en la línea de flotación, ¿no será mejor ponerla en el ministerio? No en que si este es de hombre o si es de mujer. Desde la vocación bautismal y al servicio de la comunidad, todo el ministerio sacerdotal y episcopal tiene que ser repensado y mixto.

—¿Cómo te imaginas en el futuro una estructura eclesial que fuese mejor que la piramidal que hoy vivimos?


—Yo le tendría menos miedo (a la estructura) si la entendiéramos como «a mayor jerarquía, mayor servicio». En eso el evangelio no hace ninguna clase de glosa. Mientras más responsabilidad tienes, más se te va a exigir. A mayor responsabilidad eclesial, mayor servicio y mayor entrega. Esas son las dos coordenadas para el ejercicio de la autoridad, no del poder.

Hoy, en concreto, qué bien le vendría a la Iglesia chilena salir de su camarilla, de sus disputas de poder y de las nominaciones de obispos para así ir donde están los invisibles. ¡Desaparezcamos de la escena pública! No para evitar la realidad o la interpelación, sino para volcar la energía en estar con los que no cuentan… ¿Qué nos pasaría si estuviésemos algunos años en eso? Y cuando la gente pregunte ¿dónde está la Iglesia?, se responda con los migrantes, con los mapuche, aprendiendo con ellos.

EL APORTE DE LOS SAGRADOS CORAZONES

—¿Qué tienen que aportar los Sagrados Corazones a ese tipo de Iglesia?


—Primero, creo que tenemos una forma de trabajar estableciendo relaciones con las personas que no están determinadas por el rol, sino que es una relación de persona a persona. Segundo, tenemos cariño por la palabra de Dios, como algo que nos alimenta a nosotros y quisiéramos que alimentara a otros. Tercero, somos inquietos: la provincia de Chile es inquieta en saber cómo efectivamente estar más cerca de los pobres. Es algo que no nos deja tranquilos, no es una «inquietud de cóctel», sino que nos hace preguntarnos qué hacemos concretamente junto a ellos.

—Por tu cargo tienes una mirada global de experiencias de Iglesia en fraternidad. Cuéntanos de algunas


—La mayoría tiene que ver con un contacto real con los pobres. En Andalucía, España, los hermanos decidieron, desde un servicio de capellanía a las cárceles, recibir en su comunidad a prisioneros que pueden salir los fines de semana y que no siempre pueden ver a sus familias, ya sea porque no las tienen, no les conviene ir o porque están muy lejos. Entonces, van a la casa de los hermanos y conviven con ellos. Ya no es ir a la cárcel y volver, sino que es estar en la misma mesa, compartir los mismos espacios, usar el mismo baño con ellos y eso evidentemente cambia y redimensiona todo. Otro ejemplo: en Indonesia los hermanos estaban confortablemente instalados en parroquias y decidieron abrir una comunidad en la zona de mayor concentración de población musulmana y con un islamismo más radical. Se van a un lugar de extraordinariamente difícil acceso, donde hay que contar con al menos cuatro días para llegar, lo cual ha redinamizado a la provincia, la ha puesto en contacto con un mundo que no conocía. MSJ.

CRISIS INTERNA

La Congregación de los Sagrados Corazones en Chile ha tenido también casos que han contribuido a la crisis actual de la Iglesia. Para enfrentarlos, explica que hubo que «pasar de tener confianza en la palabra del hermano a contrastar la suya con la versión de las víctimas para clarificar los hechos, para lo cual necesitábamos de un tercero. Hay que dar una mirada desde el lado de las víctimas y ayudar a que se establezcan los hechos con los recursos de la justicia canónica o civil». Dice que no ha sido simple, porque «el gran giro ha sido tomarnos en serio que hay gente que ha podido sufrir por culpa de un hermano. Una instancia segunda es si eso es verdad o no. Si alguien te dice que quiere saber quiénes son sus padres, porque un hermano de la congregación hizo posible que fuera adoptada… ahí hay algo que es sagrado». Actualmente el sacerdote Gerardo Joannon, involucrado en adopciones ilegales entre 1975 y 1983, tras ser sancionado el año 2015 por la congregación, se encuentra en San Felipe con permiso de ausencia. Cada año este se evalúa y renueva, con el fin de que pueda calibrar «el daño que le ha producido a las víctimas y a la congregación no queriendo asumir su responsabilidad. El provincial tendrá que decidir, cuando termine el permiso de ausencia de este año, cómo evalúa su situación para que pueda reintegrarse eventualmente a la comunidad, en diálogo con él y con su consejo» (ver comunicado oficial de los SS.CC. en diciembre).

El segundo caso es el de Juan Andrés Peretiatkowicz, acusado de abuso sexual y de poder a fines de los ochenta. Cuenta que, siguiendo el protocolo de la congregación, se están acogiendo los relatos de las víctimas e investigando los antecedentes para establecer los hechos de los que él podría ser responsable. Una vez concluido este proceso, el provincial hará llegar su parecer para que sea evaluado en el consejo general, antes de adoptar las decisiones correspondientes. Alberto Toutin expresa que «estamos aprendiendo en estos casos que es necesario que todos los hermanos aceptemos como normal, los legítimos sistemas de control, para ayudarnos año a año a evaluar cómo lo estamos haciendo en las tareas pastorales que se nos han confiado y en la relación con las personas con las que trabajamos. Estos mecanismos de evaluación ya están instituidos en la enseñanza escolar y universitaria, pero ¿quién y cómo se valúa a un párroco o al responsable de un movimiento juvenil? Por ejemplo, ¿quién evalúa a un obispo? Creo que aquí, como congregación y como Iglesia, necesitamos crecer tanto en aceptar ser evaluados en nuestro ministerio como en dotarnos de mecanismos transparentes y participativos de evaluación, favoreciendo que esto sea lo normal en todos los niveles de la Iglesia».

LA CAUSA DE ESTEBAN GUMUCIO

«A mediados de 2019 el documento de la positio, la prueba documental de que Esteban Gumucio vivió de manera ejemplar según el evangelio, podría entregarse. Sergio Silva ss.cc. completará una biografía a partir de documentos y testimonios, y Eduardo Pérez-Cotapos ss.cc. escribirá la informatio, que es la visión más sintética de cuáles son los valores del evangelio que vivió Esteban. Entregada esa fase documental, el consistorio de los cardenales debe validar lo que se exprese. Y está, además, el otro camino con el pueblo creyente para que pueda surgir un milagro. De hecho, ahora se está presentando uno de un hermano de un religioso de la congregación que habría recibido una gracia de sanación, a través de Esteban».

«Creo que, en el contexto actual, Esteban le vendría muy bien a la Iglesia de Chile porque es una figura sacerdotal y porque en su recorrido como formador, maestro de novicios, provincial, párroco de San Pedro y San Pablo, acompañante de Encuentro Matrimonial, párroco en el sur y en el modo en que enfrentó la muerte, cualquiera se puede reconocer. Tanto es así que cuando he utilizado escritos de Esteban en ceremonias, la gente no quiere tanto saber quién lo escribió, sino que comentan que allí se respira el evangelio. Entonces Esteban desaparece y aparece el evangelio y eso necesitamos hoy, y en una persona, no en un ideal ni en un texto».

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