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América tiene una pena

Por Patricia Abarca Aguad*


Según la Policía de Investigaciones, durante el 2017 ingresaron a Chile 104.782 haitianos. La cifra del 2016 era de 48.783.

Solo a modo de referencia, la Casen de 2015 decía que en Chile había 465.319 inmigrantes. De ese número, el 16,7% estaba tipificado como inmigrantes venidos del “Resto de América Latina y el Caribe más Mexico”, donde está considerado Haití. La cantidad es inmensa. Y a todas las dificultades de ser inmigrante, los haitianos tienen dos factores adicionales que hacen más compleja su situación en una sociedad como la nuestra: son negros y no hablan español. Ya presenciamos hace meses algún revuelo sobre opiniones que dicen que esto podría cambiar la raza. Como si fuera una mala cosa…

Como todo inmigrante, el haitiano llega en busca de oportunidades. Nuevas y buenas. Pero para ingresar al mundo laboral primero debe sortear la barrera del idioma. La parroquia San Damián de Molokai (ubicada en la comuna de San Joaquín y atendida por la Congregación de los Sagrados Corazones), como muchos otros espacios eclesiales de acogida a migrantes, lleva casi dos años impartiendo clases de español por las tardes.


Hasta ahí llega un número que varía de haitianos y haitianas; entre 20 y 40 cada día. Varios son los voluntarios que se aventuran a enseñar y que aportan con su tiempo y sus ganas de acompañarlos. Ahí siempre está Carolina Güemes, miembro de la comunidad desde la época de San Pedro y San Pablo y profesora normalista jubilada, que cuando el párroco –Claudio Carrasco- le contó de su idea, primero arrugó la nariz. Hoy es el corazón de este espacio, porque ellos se han tomado el corazón de Carolina.

Mientras van llegando, hay ropa o enseres de casa que están a su disposición para que lleven lo que necesiten. Luego de la clase también comparten algo para comer y tomar, cosa que hacen con la alegría que los caracteriza, con la sonrisa que pareciera comenzar en sus ojos.

Gracias a la vida

En algún momento del año Claudio me preguntó si podía ir a cantar a alguna clase. La respuesta fue inmediatamente que si, pero, ¿qué aporte se podía hacer con eso, de qué les serviría? Luego especificó que a través del canto, o de alguna canción, ellos podían ir aprendiendo más vocabulario. Y así fue.

Gracias a la vida parecía la canción perfecta: es casi un himno para nosotros, tiene harta letra, es de la Violeta y aprovechaban de conocer a una grande de esta tierra, y había una alta posibilidad de que luego de una hora y media, además, todos fueran capaces de entonarla. Y también fue así.


Lo que comenzó tímidamente como una lectura en voz alta, para luego ir definiendo las palabras, o más bien las ideas, pues más que relato es poesía, fue to- mando fuerza por el camino, y fue sacándolos de la postura diaria. Era algo distinto, un quiebre entretenido a la clase común, por anga o por manga, por la música o por el interés de las nuevas palabras, todos se sumaron.

No puede sino ser conmovedor ver a un grupo de haitianos cantando Gracias a la vida. Cuánta emoción surge al explicar el significado de “cuando miro el fruto del cerebro humano, cuando miro al bueno tan lejos del malo”, y ver en sus rostros la expresión de quien entiende de lo que estamos hablando.

Me imagino que si la Violeta estuviera viva, habría compuesto algo parecido a Arauco tiene una pena, invitando a nuestros hermanos oprimidos de América a levantarse y no permitir que les “quiten su pan”. O habría cruzado las fronteras de Chile para meterse en los valles y sierras de los pueblos recogiendo lo más propio de ellos; el landó peruano, el bambuco colombiano o el joropo venezolano. Que cada día sean más los que permitan que nuestros hermanos, vengan de donde vengan, vean el mejor de los frutos del cerebro humano.


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