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Carta abierta a la machi Millaray

*Por Javier Cárdenas ss.cc.

Millaray Huichalaf, es machi de la comunidad Roble-Carimallín, una de las comunidades que está en constante lucha con la central hidroeléctrica que se va a instalar en el río Pilmaiquén. El año 2013 fue inculpada como encubridora de un ataque incendiario en Pisu Pisué.

Querida machi:

Hago ahora palpable y visible las palabras que hemos intercambiado en algunas ocasiones:

Como te comentaba cuando te visitaba en la cárcel de Valdivia y te decía –respondiendo a tu pregunta si yo era mapuche – que yo me estaba haciendo mapuche ya que comenzaba a descubrir en mí y en mi familia rasgos y apellidos indígenas. Lo cual me alegró.


Durante mi infancia cuando tuve la oportunidad de acompañar a algún sacerdote al campo era fácil darse cuenta en los rostros de nuestros hermanos campesinos la gran desigualdad que existía y sigue existiendo entre estos hermanos y las enormes extensiones de tierra de los grandes fundos en mano de unos pocos colonos. Sin duda que aún causa escándalo e indignación. Hemos sido testigos de que las comunidades campesinas y sobre todo indígenas han sido empobrecidas y aisladas por los motivos que ambos conocemos ya de sobra. La implementación de un sistema que solo piensa sacar provecho de los recursos naturales con costos muy altos e irreparables como lo son las forestales, las enormes hidroeléctricas o las pisciculturas.

Es verdad que hay una rabia y un dolor acumulados por siglos. Un sufrimiento que se transmite de generación en generación. Un odio a las instituciones que los han usado para programas cortoplacistas. Pero esta rabia no nos debe enceguecer, ni menos aún acobardar.

Es verdad que no tenemos recetas ni soluciones. Pero sí existen sueños y esperanzas que nos movilizan.


El sueño de estos pequeños hermanos campesinos e indígenas es el sueño de Dios. Así como lo fue la tierra prometida para el pueblo de Israel escogido por Dios, una tierra nueva y un cielo nuevo, donde mana leche y miel. Este sueño de una casa común debe llevarse a cabo por todos los involucrados, mapuches y huincas, debe hacerse sin violencia y con una exclusiva preocupación por los niños y los ancianos más pobres.

Durante estas semanas de violencia en La Araucanía, me ha tocado ver la confusión de las comunidades, por lo irracional de los atentados incendiarios, sobre todo a las iglesias. Es necesario que cada comunidad se haga visible al momento de dialogar, como lo hizo el ex intendente Francisco Huenchumilla, que visitó a las familias que forman parte de las comunidades para resolver las dificultades que nos alejan.


Proponemos y queremos resurgir lo que ya los mapuches huilliches decían: el sueño y la práctica del “buen vivir” como alternativa a esta violencia. Es la armonía que tanto buscamos y necesitamos. Este buen vivir que no es la ausencia de conflictos. Se trata de abordar temas más profundos como lo son lo que tiene que ver con la Tierra, con la inclusión, con que el estado chileno reconozca a los pueblos indígenas como pueblos y no como algo folclórico y turístico. Es bueno así formar líderes para crear una sociedad más inclusiva. Necesitamos urgentemente reparar el daño causado. Esto implica creatividad, no queremos que nadie sea más aplastado aunque nos hayan hecho daño. Si esto sucede, estamos repitiendo el mismo esquema de los que causaron violencias históricas con la gente más indefensa. Si optamos por esta opción de la violencia nos vamos a volver “huincas”, aunque tengamos apellidos mapuches.

Debemos pensar más a largo plazo y hacia el futuro. Está en manos de las comunidades pequeñas, la oportunidad de ir formando esta casa común. Todo esto se puede ir transformando con nuestros testimonios.

Querida machi que nuestro buen Dios (anciano y anciana) nos de la sabiduría y la fuerza (newen) necesaria para seguir luchando por un mundo cada vez más justo y fraterno. Incluso a entregar la vida por esta causa.

Se despide tu peñi, hermano Javier

*Javier Cárdenas ss.cc es hermano de los Sagrados Corazones y actualmente es el párroco de la Parroquia San José en la ciudad de La Unión, Chile.

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