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CONFLICTO EN LA IGLESIA

El conflicto en la Iglesia Percival Cowley V. sscc

Este es un asunto que habitualmente nunca se enfrenta. De hecho, los seres humanos, en general, le tenemos temor a los conflictos. Tendemos a esconderlos debajo de la alfombra o, mejor, practicar la política del avestruz. En la práctica, en toda sociedad formada por seres humanos se producen conflictos que son reales. Ellos tienen que ver con criterios diferentes, con miradas distintas respecto a las realidades y acontecimientos que nos circundan. Cuando alguien los saca a luz y los pone sobre la mesa, no es raro que esa persona sea calificada de “conflictiva”. Esconder los conflictos es no asumir la realidad de lo que, de alguna manera, está ocurriendo. Esconder los conflictos y no enfrentarlos es no asumirlos y, a la vez, negarse a reconocer la verdad.

En este tiempo pascual, todos los días estamos leyendo el libro de los Hechos de los Apóstoles. Allí, descarnadamente, se nos da cuenta de los conflictos que se fueron produciendo en la primera comunidad cristiana que estaba, -como siempre estamos-, en proceso de formación. Así, por ejemplo, cuando “algunas personas venidas de Judea enseñaban a los hermanos que si no se hacían circuncidar…no podían salvarse. A raíz de esto se produjo una agitación” (Hech. 15,1). También: “En aquellos días: Al cabo de una prolongada discusión, Pedro se levantó…” (ib. 15,7). En algún momento, entre Pablo y Bernabé “fue tan serio el desacuerdo, que terminaron separándose” (ib. 15,39), Pablo partió en una dirección, acompañado por Silas, mientras Bernabé (que era un “hombre bueno”) [ib. 11,24], partía en otra dirección acompañado por Marcos, seguramente el evangelista, discípulo de Pedro. Igualmente: “Por aquel tiempo hubo en Efeso un gran alboroto acerca del Nuevo Camino…Hubo, pues, confusión en toda la ciudad” (ib. 19, 23 y 29). El conflicto y la dificultad se daban no solamente entre personas, también entre multitudes: “Entre tanto, en la reunión, unos gritaban una cosa y otros otra, porque la gente estaba alborotada” (ib. 19,32). Para qué decir acerca del conflicto entre Pablo y Pedro, cuando el primero le echa en cara al segundo su sumisión a la ley antigua por sobre la libertad del amor que, desde Jesús, quiere ser universal (Gál. 2,11-14).

Es cierto que hay maneras y maneras de acercarse a los conflictos. Es posible hacerlo de una manera conflictiva. También, de una forma pacífica. Esta última, al decir de San Ignacio de Loyola, consiste en tratar de salvar la proposición del otro, es decir, de hacer lo posible por entrar en los zapatos del contrincante, de aprender a mirar con sus propios ojos y entender desde sus propios criterios. Se trataría siempre de salvar la verdad que hay en el hermano. También, lo mismo, al interior de la sociedad humana y de la comunidad que es la Iglesia. Con todo, habría que asumir que los seres humanos –y, entre ellos los cristianos-, somos seres pensantes. Lo hacemos desde la razón, que es un don. Y lo hacemos desde nuestra fe, que es un don todavía mayor. El escritor G.K. Chesterton, convertido a la fe católica después de un largo y hermoso proceso, dice que “Cuando entramos al templo, lo que se nos pide es que nos saquemos el sombrero, nunca la cabeza”, lo cual significa un desafío. Con mucha frecuencia ocurre entre los cristianos y católicos que vivimos una fe pasiva, si es que pudiera serlo. Vamos al templo para escuchar la Palabra de Dios (si es que lo hacemos) y para recibir el Cuerpo y la Sangre del Señor (si es que tomamos conciencia de que no se trata de una realidad mágica, sino de un acontecimiento real y asombroso). No hemos asumido el significado de lo que nos dice San Pedro en su Primera Carta: “Ustedes son una familia escogida, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios, el cual los llamó a salir de la oscuridad para entrar en su luz maravillosa” (2,9). Nos llamó a todos: laicos, sacerdotes, religiosos y obispos, todos consagrados por un solo bautismo, “a salir”, es decir, a no quedarnos, a no ser pasivos, a asumir nuestra misión de cristianos, cosa que no podemos hacer si no encarnamos nuestra fe en nuestra capacidad de reflexión y de oración, en la vida cotidiana y en la acción. Es justamente ahí, en ese proceso de vida y de acción –y de conversión permanente- donde inevitablemente se produce el conflicto. El de las ideas, de los criterios, de los enfoques y de las decisiones. Cuando no hay conflicto alguno, tenemos derecho a sospechar que, digo yo, “el animal está muerto”. Lo que necesitamos, -y cada vez más-, es “un animal vivo”. Dejemos atrás esa sensación que a veces podemos tener de que los laicos le temen a los sacerdotes, éstos a los obispos y los obispos al Papa. La Iglesia no es ni puede ser una cadena (literalmente esclavizante) de múltiples miedos. Son tantas las veces en que Jesús mismo en los Evangelios nos dijo: “No tengan miedo”. También nos dijo que estaría con nosotros, a pesar de nuestras discrepancias y peleas, hasta el fin de los tiempos. Posiblemente, el mayor conflicto en la vida de la Iglesia, está en no enfrentar los conflictos; porque tenemos temor, porque no sabemos hacerlo, porque no tenemos confianza en el amor primero y gratuito del Señor por su Iglesia y por cada uno de nosotros. Él es la causa, podemos decir el agente, de nuestra paz.

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