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CONSIDERACIONES POLÍTICAS

Consideraciones políticas desde el margen Sergio Silva sscc

Después de casi 17 años de dictadura militar y de 20 de gobiernos de la Concertación, ha triunfado Sebastián Piñera. Con él, la derecha gana la primera elección presidencial desde 1958. Mis consideraciones se refieren a estos 37 años. No incluyo los tres años de la Unidad Popular, porque los viví casi enteros fuera del país, al que regresé a fines de 1972. En materia política me sé bastante ignorante: no tengo ni estudios formales de ciencia política ni práctica partidista. Por lo tanto, no tengo ninguna autoridad, sino que reflexiono como simple ciudadano, de modo que el lector debe pesar personalmente lo que aquí digo para ver qué valor tiene. De los distintos gobiernos me interesa destacar no sus logros ni fracasos sino la impronta que, a mi parecer, dejaron en lo que podemos considerar la “cultura” chilena: los valores, las actitudes, la manera de ver, de pensar y de juzgar de la mayoría de los chilenos.

La dictadura dejó en el país una herida que aún no se cierra. La brutalidad con que se violaron los derechos humanos de los así llamados “marxistas-leninistas” (y de muchos otros) afectó profundamente no sólo a sus familias y a sus camaradas, sino también a todos los que creemos que en una nación civilizada es fundamental el respeto a los derechos de las personas. No sé cómo se cierran esas heridas; no sé si la comisión Verdad y Reconciliación ha logrado su meta; no sé si las decisiones de la justicia contra algunos de los principales responsables de las violaciones son suficientes. Lo que sí sé es que tenemos que seguir cavando más a fondo, hasta que se grabe a fuego en el corazón de cada chileno la necesidad de respetar los derechos humanos de todos, si queremos vivir en paz. Pero la dictadura tuvo otra consecuencia nefasta. Difundió en muchos la idea –no siempre consciente- de que, teniendo poder, uno puede hacer lo que se le antoje. No quiero caer en el simplismo de atribuirle a la dictadura toda la responsabilidad; quizá ella misma fue víctima de una actitud muy difundida que, a mi entender, se vincula con el desarrollo tecnocientífico actual, pues éste lleva a creer que es bueno todo lo que funciona y que, por lo tanto, no hay otro criterio moral (ni otro criterio para juzgar la verdad) que el éxito. Aquí también se abre una tarea educativa y de cambio cultural de gran envergadura. ¿Se la está teniendo suficientemente en cuenta en los debates sobre la reforma educacional? ¿No se quedan éstos más bien en cuestiones de técnica educativa, referidas a la necesidad de difundir el uso del computador y enseñar inglés?

El primer gobierno de la Concertación fue el de Patricio Aylwin. Pinochet se había quedado como Comandante en Jefe del Ejército, para “proteger” su democracia. Y había dejado no sólo una Constitución hecha a su medida, sino también una serie de “leyes de amarre” que hacían imposible, al parecer, hacer transitar al país por un cauce diferente. El acontecer político de esos primeros años de recuperación de la democracia me pareció que se asemejaba a un partido de ajedrez en que los jugadores no quieren (o tienen prohibido) comer piezas del adversario, de modo que todas las movidas no pueden tener otra finalidad que ir logrando una mejor posición de las piezas en el tablero hasta lograr que el adversario quede ahogado. El Presidente Aylwin y sus colaboradores jugaron un partido magistral y fueron poco a poco quitándole poder a Pinochet. Esta experiencia pudo haber dejado en muchos la certeza de que es posible dar batallas dejándose guiar por principios, exponiendo las razones que apoyan las decisiones que uno quiere tomar; y que no sólo es posible, sino que es bueno hacerlo así, aunque aparentemente todo sea más trabajoso y aceche la tentación –tan contemporánea- de emplear la fuerza. Me pregunto, sin embargo, si los que han hecho suya esta actitud son la mayoría del país y tienen peso suficiente para influir en las decisiones políticas y en el modo como se toman.

Luego vino el gobierno de Eduardo Frei Ruiz-Tagle, un gobierno emprendedor, de talante ingenieril. Se trataba de modernizar el país, es decir, de hacerlo lo más parecido posible a los países llamados “desarrollados”, que son los países del Norte. Había que mejorar la infraestructura –carreteras, aeropuertos, sistemas de transporte y de información, etc.- y los sistemas de educación y de salud, tan castigados durante la dictadura; había que aumentar el PIB. Para ello se tomaron muchas medidas adecuadas y, a pesar de la crisis asiática, algo se avanzó. Pero al costo de reprimir –hasta hoy, me parece- el debate de fondo acerca de si realmente lo que queremos es esa modernización, y la pregunta clave acerca de si es posible para todas las naciones del mundo ese tipo de modernidad debido a su altísimo costo para la naturaleza. La responsabilidad de esta “represión” del debate no se le puede atribuir sólo al gobierno. Quizá la inmensa mayoría del país aspira a ese tipo de desarrollo y prefiere no hacerse preguntas complicadas. Pero creo que los que tienen un papel en la conducción de los asuntos públicos tienen el deber de plantearle al país las condiciones y las consecuencias de los procesos de modernización e invitar a todos a buscar, juntos, caminos que sean menos destructores. Destructores, porque entre las condiciones del desarrollo moderno se encuentra una visión de la naturaleza como mero “recurso” natural, enteramente puesto a disposición de la voluntad humana, lo que ha traído consecuencias que empiezan a preocupar cada vez más a capas más amplias de la población: contaminación, desertificación, calentamiento global, agotamiento de los recursos, entre otras. Otra condición concreta del desarrollo moderno es la separación entre el capital y el trabajo, a la que se añade hoy una tercera fuerza, también separada, el conocimiento tecnocientífico; esto hace de la persona del trabajador un mero “recurso”, con todas las consecuencias despersonalizadoras que esto trae, entre otras la pérdida del sentido de solidaridad de los trabajadores, visible en la baja cuota de afiliación sindical actual.

Ricardo Lagos encabezó el tercer gobierno de la Concertación. Su gobierno me deja una sensación ambivalente. Por un lado, su discurso era el de un estadista de gran altura. Por otro, sus realizaciones tendieron a la grandiosidad y dejaron una herencia muy incómoda a su sucesora, como es el caso emblemático del Transantiago. Tanto en su discurso como en sus realizaciones, Lagos nunca puso en duda que la meta a la que debía encaminarse el país era la modernización tecnocientífica. Es probable que Lagos haya encajado bien en un rasgo autoritario, que pienso que está bastante asentado en la cultura política chilena. Pareciera que a muchos chilenos les (nos) gusta que el gobernante ejerza su poder con fuerza, sin muchos miramientos, sin remilgos. Al encajar bien en este rasgo, lo ha potenciado aun más.

Y eso pesó en contra en los primeros momentos del gobierno de Michelle Bachelet. Porque ella trajo al país precisamente un modo nuevo de gobernar, dialogante. Y, a pesar de todas las dificultades, sobre todo de los dos primeros años, lo mantuvo hasta el fin. En estos primeros dos años tuve la sensación de que el país reaccionaba ante nuestra primera presidenta mujer como los niños de escuela básica cuando llega una profesora nueva: tratan de ver hasta dónde pueden estirar la cuerda de la conducta con ella, hasta dónde pueden llegar. Se levantaron muchos movimientos reivindicativos, mantenidos a raya hasta entonces quizá por la tendencia autoritaria de Lagos; uno de los que más revuelo causó en la opinión pública fue el de los estudiantes secundarios, los “pingüinos”. A esto se sumaron las enormes dificultades provocadas en Santiago por una puesta en marcha absolutamente prematura del proyecto del Transantiago. Sin embargo, Michelle Bachelet supo capear todas estas olas sin perder la calma y, sobre todo, sin perder su estilo no autoritario, que confía en que los problemas pueden y deben ser resueltos con la mayor participación posible de todos los que están involucrados, y no mediante proyectos de iluminados, que tantas veces están tan alejados de la experiencia real del pueblo (o de “la gente” como parece que hay que decir, pudorosamente, hoy). ¿Habrá conquistado a muchos este estilo? Pareciera que no, lo que sería una lástima.

Y estamos a punto de cambiar de rumbo. No sabemos todavía cómo va a gobernar el recién elegido Sebastián Piñera y qué impronta va a dejar en nuestra cultura. Debo confesar que lo miro con cierta aprensión, fundamentalmente por una razón. Piñera es empresario; sus colegas y los profesionales competentes podrán decir si es bueno o no, y cuán bueno es como empresario. Pero un país no es una empresa. Porque no existe para producir ningún producto (o servicio) determinado, sino para vivir la vida en sociedad, en relaciones lo más enriquecedoras y estimulantes que sea posible entre todos los que lo habitan. Es cierto que para que un país marche hay que producir muchos bienes y servicios; pero de eso se encargan precisamente las empresas pertinentes, muchas de las cuales en Chile de hecho son del Estado. Pero al gobierno le compete sobre todo la otra tarea, que es velar para que sea posible la convivencia entre todos los habitantes del país, con sus intereses tan diversos, a veces incluso contrapuestos. Y eso, creo, no lo saben hacer los empresarios, salvo excepciones. Porque se forman para tener éxito en la producción, no en la convivencia.

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