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Crisis desde la fe: CODICIA – AMOR

Por Sergio Silva ss.cc.

Nota del autor: Una mirada a la crisis desde mi fe

(Subrayo: es UNA mirada, limitada y relativa como toda mirada humana, no pretendo tener la mirada absoluta; y se trata de MI fe, limitada y relativa como toda fe personal, no pretendo tener la fe de la iglesia total y de todos los tiempos)

Estamos perplejos. Es como cuando viene un temblor que dura mucho y no sabemos cuántas sacudidas más le quedan y de qué magnitud serán. Tampoco sabemos si el acuerdo de esta madrugada (escribo el 15 de noviembre en la mañana) restablecerá la paz social.

Tratamos de comprender este estallido, y nos cuesta. Y quizá pensamos: ¿de qué sirve tratar de comprender? Sin embargo, necesitamos comprender lo que nos toca vivir, es parte esencial de nuestro ser personas.

Hay escenas de los evangelios, sobre todo en el de Lucas, que me rondan y me ayudan a pensar en nuestra crisis.

Al llegar Jesús a Jerusalén, en la semana anterior a su muerte, llora por su pueblo. Él mismo dice que lo que le provoca el llanto es que prevé su destrucción, “porque no conociste el tiempo de tu visita” (Lc 19,44).

Algunos de sus contemporáneos, quizá en algunos momentos, se dieron cuenta de que Dios estaba visitando a su pueblo en la persona de Jesús de Nazaret. Por ejemplo, la gente de Naím que son testigos de la resurrección del joven y único hijo de la viuda, y que “dan gloria a Dios, diciendo: ‘Un gran profeta ha surgido entre nosotros’, y: ‘Dios ha visitado a su pueblo’” (Lc 7,16).

Pero el pueblo, en su conjunto, incluidas las autoridades, no reconoció en el humilde Jesús de Nazaret al Dios-Poder que ellos imaginaban, al Dios de Israel que aplastaba a los demás pueblos para levantar al suyo; porque Jesús es el Hijo del Dios que no tiene otro poder que el amor, que no puede hacer otra cosa que no sea amar.

Los fariseos, como la inmensa mayoría del pueblo, incluidos los discípulos de Jesús y el pequeño círculo de los doce, esperan la llegada del reinado de Dios como corresponde al Dios-Poder. Desde el inicio de su ministerio público, Jesús ha estado anunciando la inminente llegada de ese reinado. Por eso, los fariseos le preguntan: “¿Cuándo llega el reinado de Dios?”. Jesús les responde: “El reinado de Dios no llega con aspavientos [es decir, de manera perceptible, que no deje lugar a ninguna duda], por lo que no se podrá decir: ‘Está aquí’, o: ‘Está allá’. Porque el reinado de Dios está dentro de ustedes” (Lc 17,20-21).

Me pregunto: si Jesús hubiese venido al Chile exitoso de los años 90, ¿no habría llorado previendo nuestra destrucción? Creo que sí. Pero no la habría descrito como la de Israel, que fue destruido por las guerras insensatas que emprendió contra el imperio romano (en los años 69-70 y luego del 132 al 135). Porque Chile se ha estado destruyendo por sí mismo. El orden económico montado en los años de la dictadura, y que fue impuesto sin posibilidad de disentir, perdura, a mi juicio, hasta hoy, con leves modificaciones que no han cambiado su base: la codicia, es decir, el deseo de acumular bienes. Una base que se ha ido haciendo valor cultural supremo, aceptado por las grandes mayorías. Se da, me parece, en dos formas diferentes. En las poquísimas personas que se sitúan en las capas que tienen el poder económico, la codicia se presenta como acumulación insaciable de capital; en gran parte de la masa, como insaciable deseo de consumir. La 1ª carta a Timoteo tiene esta frase lapidaria: “La codicia [literalmente: el amor a la plata] es la raíz de todos los males” (1Tim 6,10). Antes, Jesús ya nos había puesto en guardia: “No se puede servir a dos señores… no se puede servir a Dios y a Mamón [el ídolo que representa el dinero]” (Mt 6,24 y Lc 16,13).

Es la codicia lo que está destruyendo el planeta, la vida familiar, la vida social. Es la codicia la causa de la creciente corrupción. Pareciera que todos queremos tener más, consumir más, seguir acumulando capital. No hay salida, creo, si no tratamos, cada uno, de arrancar de nuestra vida esta raíz perversa que es la codicia, que todo lo pervierte, para dejar que reine el Dios-Amor en nuestro corazón, porque es solo ese amor el que nos permitirá tener la lucidez y la fuerza para crear comunidades –familia, grupos de amistades, iglesias, partidos políticos, etc.– que vivan centradas en valores humanos y humanizadores como el respeto a la dignidad de cada persona, el cuidado de la naturaleza, el servicio; finalmente, centradas en el amor en su infinidad de formas.

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