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Cristo roto

* Por Guillermo Rosas ss.cc.

Todos condenan el trato y destrucción de un crucifijo el día de la marcha estudiantil. Se lo llama profanación, falta de respeto, vandalismo. Y así es. Así es, si se analiza la acción objetiva.

Pero ¿qué pasa en quienes la han perpetrado? ¿Quiénes son, qué pretendían? Si se reflexiona sobre su intención o voluntad, la cosa no es tan clara. De partida porque están encapuchados. No quieren ser reconocidos. No dan la cara, no se hacen responsables de sus actos. Quieren actuar anónimos. Luego, porque probablemente no son católicos, ni cristianos, ni creyentes de religión alguna. Les falta el sentido de Dios, de lo sagrado. Patear un crucifijo es para ellos como patear una bandera, o cualquier monumento de un prócer. Solo se dan cuenta de que la Iglesia, el crucifijo, representan algo hostil para ellos, un poder que es parte de la sociedad que tal vez ha frustrado sus sueños, que los ha hecho marginales. Luego, porque están fuera de sí, sea por ideologías que, instrumentalizando su marginalidad, los han entrenado más que formado, sea por la ingesta de alcohol u otras drogas. Más que una intención de profanación, me parece que hay en ellos un grito, una acción desesperada por ocupar un espacio que la sociedad les ha negado. El extremo al que llegan es el extremo al que ha llegado nuestra sociedad chilena.

Claro que deben hacerse responsables de sus actos. Claro que deben ser sancionados si se los identifica. Claro que deben dar la cara.


Pero no nos ceguemos acerca de los ríos profundos que revelan acciones como ésta. No nos contentemos con actos de desagravio, que podrán satisfacer nuestra fe ofendida y serenar nuestro dolor de católicos, pero no deberían quedarse en eso: hay que desagraviar también, con otras acciones más amplias y de largo plazo, a una porción, tal vez pequeña, pero real, de chilenos que no han elegido estar en el margen de la sociedad, de la cultura, de la educación y de la fe. Ellos, paradójicamente, son también ese Cristo pateado en las calles de nuestras ciudades. Reparar el Cristo roto es reparar las injusticias que, desde la misma cuna, nuestra sociedad ejerce contra niños que nacen ya en el margen de todo. Y ese es un camino largo. La buena educación, para todos, es el nombre más claro del camino.

*Guillermo Rosas es hermano de los Sagrados Corazones, actualmente es el vicedecano de la facultad de teología de la Universidad Católica

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