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El obispo de Roma, inspirado por el Espíritu

Por Pedro Pablo Achondo Moya ss.cc.

Desde que el Papa Benedicto XVI ha anunciado su renuncia me he dedicado a escuchar más que opinar, me interesa ver que está produciendo esta novedad en la gente. Qué le pasa a los católicos, a los creyentes y no creyentes con que el Papa haya decidido renunciar, dejar de ser el Obispo de Roma. En base a lo que he podido rescatar he elaborado esta reflexión.

El Papa no es el papá de la Iglesia

Algunos de los comentarios van en la línea del descontento, de por qué hizo esto el Papa, incluso de que “un papá cuando se cansa no deja a su familia” o que cuando a uno se le agotan las fuerzas no deja su trabajo, sino que sigue hasta el final. Todas aseveraciones bastante lógicas; ¿quién podría estar de acuerdo en que si un papá se cansa de su familia o de su papel dentro de esa familia se mande a cambiar, se vaya y deje a la familia botada? Nadie. Sin embargo en todas estas afirmaciones hay un error conceptual. ¿Quién es el Papa? ¿Cuál es su papel? ¿Es acaso el papá de la Iglesia universal? La respuesta es negativa. El Papa no es el papá de la Iglesia. O la mamá. El Papa es el Obispo de Roma, es decir la cabeza de la Iglesia universal que reside y se realiza en Roma; dicho de otro modo; es como cualquier Obispo en su diócesis, siendo esta Roma. Pero no solo esto, el Papa es también Primus inter paris, es decir, el primero entre sus hermanos Obispos, en el sentido de coordinar, guiar y hacer de cabeza del colegio episcopal. Es quien vela por la colegialidad de la Iglesia universal. Es verdad que el Vaticano es también un Estado y como tal el Papa es el jefe del Estado Vaticano frente a los otros Estados del mundo. En base a lo anterior, renunciar al servicio –pues eso es lo que es- de Obispo de Roma no significa dejar a la Iglesia descabezada, ni sin guía, ni sin pastor, ¡ni huérfana! Esto sería casi herético, ya que la Cabeza de la Iglesia es Jesucristo, el Guía de la Iglesia es el Pastor Jesús de Nazaret, actuando en la historia a través de su Espíritu Santo. El Papa es un servidor, como cualquier cristiano. De hecho, al abdicar no deja de ser servidor de Jesús, ni discípulo del Señor. Nada. Surgen las inevitables comparaciones con el Papa Juan Pablo II que llegó hasta el final de su ejercicio, llenando de lágrimas a los fieles que lo veían con dificultad para ponerse de pie y hablar en sus últimos meses. Ya diremos algo al respecto.

Un acto de valentía y humildad

Otras opiniones van en la línea del apoyo. Algunos incondicionales al Papa, que apoyarían lo que proviniese de su parte; otros más sensatos que reconocen el acto de valentía y humildad de su parte. Interesante nos parece reconocer esto de cualquier persona, pero particularmente del Obispo de Roma Joseph Ratzinger. Primero por que es un acto con pocos precedentes. No es solo la Iglesia universal la que pesa al tomar una decisión así, sino también la historia de dicho cuerpo eclesial. Hace 600 años que un Papa no renunciaba. Independiente de las razones que se tenga, el acto es heroico en sí mismo. Y, al mismo tiempo, de una inmensa humildad. ¿En qué sentido? En que es humillarse públicamente y manifestarse débil. Benedicto XVI ha dicho con esto “no tengo fuerzas”, no me la puedo, no soy capaz, la tarea me supera. Todas afirmaciones que expresan la humildad del servidor. Pero por otro lado dicen también: El Pueblo de Dios se merece a otro, alguien mejor, alguien más fuerte. Afirmaciones que manifiestan la humildad para ver y decir lo que la Iglesia necesita. La Iglesia no necesita un Papa octogenario para nuestros tiempos. Ese es el acto de humildad de Benedicto XVI. Para muchos un gesto de humildad eclesial –y no solo personal, pues como el Papa representa frente a muchos a la Iglesia Católica, es también decir: La Iglesia se cansa, la Iglesia no siempre tiene fuerzas, la Iglesia necesita de otros. Lo que es profundamente evangélico.

Así yo no sigo

Otras opiniones más entendidas –como suspicaces- van en la línea de las problemáticas internas en el Vaticano. Diferencias de opiniones, fuerzas conservadoras en tensión con líneas pastorales y litúrgicas más abiertas y renovadas. Fuerzas, como en toda institución de esta índole y al servicio de los seres humanos, que chocan de vez en cuando. Gente que espera cambios, gente que cree que todo camina bien; gente que busca y sueña con reformas radicales, gente que está tranquila y cómoda con una Iglesia que no causa problemas y promueve la armonía. Bueno, esas fuerzas están allí: dentro de las mismas salas vaticanas, oficinas y reuniones. En las mismas teologías, en la misma historia de la Iglesia. No es para escandalizarse, pues el mismo Pedro no entendía las razones que tenía Pablo para comer con pecadores; no estaba muy de acuerdo con no obligar a los cristianos venidos del mundo griego y pagano a no circuncidarse (diferencias que nos llevaron al primer Concilio de la historia en Jerusalén y donde Pedro se muestra más abierto que otras veces. Cf Hechos 15, 1-12 y Gálatas 2, 1-10). Todo esto para decir que una posibilidad –más controversial- sería afirmar que este gesto del Papa es también un golpe duro en la mesa. Es decir con voz firme: Así yo no sigo. ¿Así cómo? Con perspectivas anquilosadas de algunos, con manejos duros y muy vinculados al poder dentro de la curia vaticana. Miedo, temor, manejo político. Así yo no sigo. O cambiamos las cosas o no seré partícipe de que “esos” poderes gobiernen en mi nombre cuando ya apenas pueda caminar. Así no más. Algo como lo que puede haber ocurrido con Juan Pablo II en sus últimos años. Que otros guiaran, que otros firmaran, que otros tomaran las decisiones. Lo que no es nada asombroso si el Papa está enfermo y con sus capacidades intelectuales muy disminuidas. Para Benedicto XVI así no se puede. Así no se debe.

Un acto de inteligencia y humanidad

El Papa Benedicto tiene un plus; y esto debe ser bien comprendido, el de ser un teólogo de renombre. Un hombre instruido teológicamente, con pensamiento propio y gran conocimiento del logos que a través de la historia se ha tendido frente al Dios de Jesús. Nos encontramos con un Obispo que estuvo en la Congregación para la Doctrina de la fe. Una persona con amplitud de miras, con capacidad de diálogo y debate; con alguien que sabe y conoce “las teologías” que se levantan en los diferentes parajes del mundo contemporáneo. Alguien que conoce las necesidades del mundo, los problemas políticos, económicos y sociales. En definitiva, estamos frente a un Papa inteligente; que no se deja empañar por exitismos, ni pancartas con su nombre. Un Papa instruido y preparado; capaz de decisiones contundentes. No cabe duda de que Benedicto XVI no tomó esta decisión sin discernimiento, oración y conocimiento de causa. Sabía muy bien lo que estaba haciendo y las consecuencias que tendría dicha acción a nivel mundial, individual, eclesial y mediático. No cabe duda que el Papa fue inteligente y quiso causar un remezón en toda la Iglesia, Pueblo de Dios y Jerarquía. Un remezón histórico. Da que pensar que así como Juan XXIII que fue un “Papa de transición”, elegido ya de avanzada edad; terminó convocando a un Concilio Ecuménico (Vaticano II) y provocó lo que bien sabemos; Benedicto XVI, también un “Papa de transición” y de avanzada edad; termina su papado renunciando para dar paso a “algo nuevo”, a alguien nuevo; a una reflexión nueva (salvando todas las diferencias entre ambos actos, por supuesto). Un Papa inteligente sabe que la gran posibilidad que abre con su valiente y osada decisión, no es tanto la nueva elección de un Obispo de Roma más joven y con fuerzas; sino la consecuente reflexión por parte del mundo y la Iglesia, el remezón mundial, la opinión creativa, la búsqueda evangélica, el asombro de la alternativa, la noticia inesperada que nos puede llevar a todos –si somos capaces de leer los signos de los tiempos- por caminos insospechados, llenos de humanidad y amor.

Una inspiración del Espíritu

Cualquiera sea la “punta” de nuestra reflexión u opinión, nos queda claro que este es un acto inspirado por el Espíritu. Por detrás de una acción como esta, está actuando el Espíritu de Jesús. El Espíritu es la fuerza creadora y creativa de Dios en la historia; es el amor Donante que da paso a Nueva Vida. Es novedad, transformación, dinamismo; es lo que moviliza nuestras fuerzas, nuestra fe, nuestra esperanza. El acto del Papa renueva nuestras esperanzas en una Iglesia innovadora, buscadora y siempre reformada –necesitada de conversión. Aquí hay mucho más que un gesto valiente y doloroso, humilde e inteligente; hay mucho más que una acción inesperada, profética y profundamente humana; aquí hay una voz de Dios, una palabra de Dios. Algo que Dios nos ha querido comunicar al mundo, no sólo a la Iglesia. Cabrá a cada creyente abrir su corazón, a cada comunidad abrir su mente y vida para acoger y comprender lo que el Señor de la Historia nos ha querido decir.

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