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El papa Francisco está haciendo cambios ¿Qué cambios puedo hacer yo / podemos hacer nosotros?

Por Sergio Silva G. ss.cc.

1. Desde su primera aparición pública como recién electo obispo de Roma – la Iglesia que preside en la caridad, como recordó ahí mismo – el papa Francisco ha estado haciendo cambios en la manera “recibida” de ejercer el ministerio petrino. La manera recibida, es decir, la de los papas anteriores hasta muy atrás en la historia. Y ha estado haciendo estos cambios con serenidad humilde, sin aspavientos, sin dárselas del gran reformador.

Sería largo enumerar la cantidad de pequeños gestos que se han ido acumulando en estos primeros días. Algunos de ellos han impactado mucho; por ejemplo, que la tarde de su elección, antes de dar la bendición al enorme gentío reunido en la plaza de San Pedro, les haya pedido que primero ellos pidan a Dios que lo bendiga en su ministerio, que está en primer lugar al servicio de ellos mismos, la comunidad católica de Roma. Muchos se han fijado también en la sencillez de su vestimenta, sin inútiles adornos, manteniendo sus mismos y traqueteados zapatos negros. A mí, en particular, me han gustado mucho sus homilías y catequesis: breves, tremendamente sencillas, pero yendo a núcleos fundamentales de la fe; me ha parecido que no pretende enseñar una doctrina – con todo lo compleja que suele ser la elaboración conceptual – sino ayudar a los que lo escuchan a acercarse al misterio del Dios que es amor que se nos ha manifestado en Jesús.

¿Cómo sintetizar estos cambios? ¿Apuntan en una misma dirección? Y en ese caso, ¿hacia dónde? Creo percibir dos cosas que le dan coherencia a los cambios que ha estado haciendo el papa Francisco y que se refuerzan mutuamente.

Una primera cosa tiene que ver con cierto despojo. Él ha estado despojando el modo de ejercer el ministerio petrino de muchas adherencias que se le fueron pegando en el transcurso de los siglos pasados. Ese despojo se ha hecho visible en su vestimenta y, ahora último, en su decisión de quedarse a vivir en la Casa Santa Marta – donde se alojaron los cardenales durante el Cónclave – y no trasladarse a vivir al “Palacio Apostólico”, aunque vaya a él a trabajar.

Lo segundo que creo descubrir en él es un modo de estar presente tal como es, sin esconderse detrás de un papel, sin representar un personaje. Es lo que podemos llamar su autenticidad. Que ha sido percibida por la gente, como demuestra un cartel que se vio en la Plaza, que decía: “Gracias, Francisco: eres uno de nosotros”.

Las dos cosas que he señalado son dos formas diversas de despojo, pero que a mi entender apuntan en una misma dirección: hacer que el Evangelio de Jesús pueda ser percibido por la gente de hoy tal como la gente es, con su sensibilidad real, sin obligarla a hacer un viaje hacia un pasado remoto en el que se crearon las formas de ejercer el ministerio petrino que los papas siguieron usando hasta Francisco; viaje por lo demás imposible para la inmensa mayoría de nuestros contemporáneos. Dicho en términos más técnicos, creo que lo que ha empezado a hacer el papa Francisco con el ministerio petrino que le ha sido encomendado es un intento por inculturarlo en nuestra cultura actual. Y ha debido empezar por despojarlo de inculturaciones anteriores que quizá fueron en su tiempo transparentes del Evangelio, pero que se nos habían convertido en pantallas opacas que eran un obstáculo que impedía el paso del Evangelio. Y creo que esas formas antiguas de inculturación tenían mucho que ver con el poder imperial de Roma, que el papado en algún momento creyó que era su deber heredar.

2. Si mi interpretación de los cambios que está haciendo el papa Francisco es correcta, me parece que se convierten en un desafío, en una interpelación a todos nosotros. Un desafío a preguntarme ¿qué cambios puedo (y debo) hacer yo?; un desafío a preguntarnos ¿qué cambios podemos (y debemos) hacer nosotros?

En el nivel personal, se trata de descubrir, en mi modo de vivir la fe y de ejercer el ministerio que tengo en la comunidad de Iglesia o el servicio que tengo en la sociedad, qué adherencias se me han pegado, que provienen de inculturaciones anteriores del Evangelio que se han vuelto opacas y que son, por lo tanto, obstáculos al Evangelio.

Podemos pensar, por ejemplo, en la autoridad o el poder que ejercemos. El padre y la madre en su familia, el profesor en su clase y su colegio (o universidad), el sacerdote en su parroquia o en el trato con la conciencia de cada persona que se abre a él. La cultura actual quiere ser democrática y rechaza por ello las formas autoritarias de ejercer el poder que fueron propias de épocas anteriores. ¿Cuánto me queda de autoritarismo? ¿Cómo puedo tomar conciencia de él? La forma más directa sería estar verdaderamente receptivo a que los que “sufren” el ejercicio de mi autoridad me puedan decir cómo lo hago. ¿Me atreveré a dejarme evaluar? Creo que esto es de vida o muerte, si queremos ser –en la familia, el trabajo, la parroquia, etc.– servidores auténticos del Evangelio.

¿Y nosotros? Manteniéndonos en el nivel del ejercicio de la autoridad, ¿qué cambios tendríamos que hacer en los diversos grupos y comunidades para ser más transparentes del Evangelio? Pienso en las comunidades de Iglesia. Muchas veces ellas favorecen el autoritarismo clerical de sus pastores. Se produce aquí algo análogo al machismo, que es propagado también – y, según algunos, principalmente – por las mamás. ¿Cómo incentivar en la Iglesia el crecimiento en autonomía de las comunidades y grupos, una autonomía no independiente sino con clara conciencia de que todos somos interdependientes? Pienso también en los equipos pastorales de trabajo y en las comunidades religiosas. Muchas veces, al participar en estos grupos vemos con claridad el autoritarismo de otros y no nos atrevemos a hacérselo notar para ayudarlo a crecer. Olvidamos así el deber de la corrección fraterna. Pero una condición para que se pueda dar esta corrección es que yo – es decir, cada uno de los miembros del equipo o la comunidad – esté dispuesto a ser corregido por los demás. Aquí se nos abre un amplio campo de trabajo en materia de crecimiento personal.

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Lo que he planteado para el ejercicio de la autoridad lo podemos plantear también para todos los demás sectores de nuestra vida de fe: la oración, la liturgia, el trabajo social y solidario, la atención de los enfermos, la celebración de los sacramentos, la vida cotidiana del amor fraterno, etc. Al hacernos la pregunta ¿qué puedo y qué podemos cambiar? no debemos caer en la excusa de que tantas cosas nos vienen prescritas desde arriba en la Iglesia, que por consiguiente estamos con las manos amarradas. El papa Francisco nos está dando un hermoso ejemplo de libertad, que sabe aprovechar las oportunidades que hay para vivir nuestra fe y nuestro servicio de una manera que sea más transparente del Evangelio hoy.

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