top of page
Blog Ciudadano del Mundo.png

ELECCIONES

El rol de los cristianos TENEMOS ELECCIONES Por Percival Cowley sscc Faltan tres meses para las elecciones presidenciales. Ellas siempre son importantes para el futuro del país. Sobre todo lo son para quienes, por su situación de cualquier manera marginal, requieren más apoyo del Estado. Así se ha dicho «más y mejor Estado». La Presidencia, en cualquier Estado democrático, requiere de la política y de ésta organizada. En este último sentido, los partidos políticos son fundamentales. Lo son, particularmente, en la medida en que tienen una doctrina o ideología y así apuntan hacia determinados objetivos. Estos siempre tienen que ver con el «bien común». De hecho, no se conoce organización alguna que postule, como su objetivo mayor, el «mal común». Todo ello, hace pensar en que la ética política nos urge a no quedarnos en meras abstracciones conceptuales, en donde habitualmente se ubican las finalidades o metas por alcanzar. De esta manera, los «medios» que se proponen alcanzan toda su categoría moral y, a la vez, permiten discernir cuánto de verdad hay en la propuesta final acerca del bien común como tal. Sin dejar, desde luego, de considerar que el bien común no es nunca la suma de los bienes individuales. De allí, entonces, la necesidad, para el que quiere votar en conciencia, de examinar el programa que proponen los diversos candidatos y, al mismo tiempo, las posibilidades de que él mismo sea finalmente electo. En este sentido, como siempre en la moral política, se trata de buscar el mal menor o el bien posible. Quienes buscan, en estos niveles, el bien absoluto, estarían buscando alguna suerte de totalitarismo y estarían confundiendo la política con Dios o con el Reino de los cielos. De hecho, ha ido ocurriendo que la política, definida por el Concilio Vaticano II, como «ese arte tan difícil y tan noble», se ha ido desprestigiando, al menos en lo que se refiere a los partidos políticos, en el mundo y, desde luego, en Chile. El nivel de confiabilidad de los mismos se ha tornado claramente peligroso para una sana subsistencia y progreso de la democracia. En parte, es posible que ello se deba a los mismos partidos pero, en parte también e importante, al individualismo que se ha introducido gravemente en nuestra cultura occidental. El arte es difícil porque significa el constante esfuerzo de aunar voluntades en la línea de crear mayores fraternidades e igualdades por la vía de medios que realmente conduzcan en esa dirección, es decir, en la búsqueda concreta de la justicia y de la paz; del reconocimiento de la dignidad de cada ser humano por el sólo hecho de serlo. No deja de ser sorprendente que la confiabilidad de la Iglesia Católica haya disminuido también a niveles desconocidos hasta ahora, bajo un 50% de aceptación en las encuestas más serias. Valdría la pena preguntarse, en este caso también, por las razones que han conducido a ese nivel de desconfianza, después de tantos años en que ella gozó, en nuestra sociedad, de la mayor confiabilidad. Habrá, por cierto, razones de orden cultural que vengan en nuestra ayuda para encontrar alguna explicación como, por ejemplo, el fenómeno de la creciente secularización. Con todo, no habrá que dejar de hacerse la pregunta acerca de aquella imagen que la Iglesia misma ofrece a la opinión pública. Es cierto que ella no debe estar proclamando lo que hace en el servicio concreto de los seres humanos (que no sepa tu mano derecha lo que hace tu izquierda) pero, si no debe hacerlo siguiendo el consejo evangélico, lo que sí debe hacer es valorar adecuadamente la nobleza del quehacer político y, de acuerdo con ello, apoyarlo en forma decidida.

Hoy día es evidente que la política es un quehacer no confesional; pero también lo es que sigue siendo un asunto ético y un asunto ético que tiene que ver con el bien de la sociedad humana entera, partiendo por aquellos a quienes esa misma sociedad les ha dado menos oportunidades para crecer y desarrollarse como persona. Es aquí donde se percibe que las declaraciones del alto magisterio, por llamarlo de ese modo, el de los obispos, que ya se ha expresado en relación a las elecciones que vienen, tiende a quedarse en esos altos niveles y no llega al conjunto de los cristianos de nuestro país. Aquí, la pregunta que se impone es si el clero, en general, valora de verdad esa nobleza del quehacer político y, la otra, que tampoco se puede dejar de lado, es si los laicos mismos en las parroquias, movimientos y grupos, entran, al menos, en un adecuado discernimiento ante la grave responsabilidad que nos impele a todos y, en particular, a los cristianos si pretendemos serlo en serio. La pregunta de Caín, «¿Acaso soy responsable por mi hermano?», permanece actual, sobre todo en un país donde el 90 % declaramos nuestra condición de tales. Hemos vivido, ya hace algunos años, reduciendo los llamados «temas valóricos» a los que yo llamo «del cinturón para abajo, salvados sean los bolsillos», sin advertir que la justicia, la responsabilidad, el respeto, etc. son valores fundamentales que, muchas veces, al menos explican la falta de los otros. Costará, sin duda, sacarse de encima la conciencia colectiva de que la Iglesia Jerárquica misma ha estado como obsesionada por esa suerte de reduccionismo valórico en que hemos caído y que, al mismo tiempo, ha sido sospechosamente fomentado por algunos medios de comunicación.

1 visualización0 comentarios

Comentários


bottom of page