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HA FLORECIDO EL DESIERTO

HA FLORECIDO EL DESIERTO Enrique Moreno Laval sscc

No pretendo otra cosa que sintetizar brevemente una serie de reflexiones, nada originales, que van surgiendo a propósito del rescate de los 33 mineros de Atacama: lo que uno piensa, dice y escucha, compartiendo en pequeños o grandes grupos, vertiendo emociones y opiniones sobre lo ocurrido. Será necesario continuar haciéndolo, como un ejercicio permanente de reflexión que nos permita seguir aprendiendo de esta intensa lección de humanidad.

1. El valor de la vida humana. Una sola vida humana vale todo el oro del mundo y mucho más. Una sola vida humana es preciosa a los ojos de Dios, el “amigo de la vida”. No haber mezquinado esfuerzos por salvar estas vidas habla bien de nuestro buen sentido de humanidad. Y esto ha tenido un eco universal: dos mil periodistas de sesenta y dos países lo han mostrado al mundo entero. Habrá que tenerlo en cuenta cuando se trate de rescatar otras vidas que siguen “atrapadas” de tantas formas en tantos sitios.

2. El trabajo en equipo. Hemos recibido una demostración admirable de lo que es posible conseguir cuando se trabaja con ese espíritu de cuerpo, con esa voluntad de comunión, con esa corresponsabilidad, con esa interdependencia que mostraron todos los involucrados en el rescate. Primero, los mismos mineros atrapados durante 70 días; enseguida, los múltiples rescatistas que, en las más diversas funciones, lograron la eficiencia esperada, sin buscar méritos propios. Habrá que aprender de esta manera de ser y hacer, en vistas de la “comunión en la misión” de cada día.

3. El espíritu religioso. Ha quedado claro que, en las situaciones más extremas, el ser humano saca a relucir ese misterio tan personal que lo lleva naturalmente a comunicarse con Dios. Ante esto, uno queda atónito, perplejo, porque le ocurre incluso a personas no habituadas a esta relación. Allí hay “algo” que interpela. Para los creyentes habituales que somos, esta experiencia nos invita a hacer de “lo religioso” una relación cada vez más personal y más adulta, desprovista de “feticherías” y provista de consecuencias concretas.

4. La vida de familia. Así como se ha pensado en Dios, se pensó en todo momento en la familia propia, en las familias. Tal como nos ocurrió con el terremoto de febrero pasado, el mejor refugio para los mineros atrapados ha sido la familia, esa familia añorada y finalmente abrazada como nunca antes. A ella habrá que aferrarse ahora y nos soltarla nunca. Desde cada familia vamos construyendo una humanidad nueva: qué duda cabe. Habrá que tomar nota para seguir trabajando por la vida de familia.

5. La admirable tecnología. Hemos quedado admirados por el avance tecnológico que nos ha permitido realizar de forma tan perfecta un rescate tan inédito. Algo jamás imaginado poco tiempo atrás. Y esa tecnología aplicada a los medios de comunicación nos ha permitido seguir esa hazaña con una claridad, con una inmediatez, con un realismo que nunca habríamos imaginado así. Habrá que aprender a usar la tecnología, y los recursos que requiere, siempre para la vida y jamás para la muerte. Y habrá que rogar también para que los ahora rescatados no se dejen atrapar por las luces (también por el dinero) de las empresas de comunicación, que no siempre aciertan en el digno trato al ser humano.

6. La justicia social. No se nos escapa que todo esto pudo haberse evitado si la justicia social fuera realmente un patrimonio de nuestro país. En el campo laboral no la hay, y esto no es motivo de orgullo ante el mundo, sino de vergüenza. No puede ser que el lucro patronal sea más importante que la seguridad laboral. No puede ser que un Estado no corrija a tiempo las negligencias de quienes organizan su negocio con indolencia. Es que no se puede servir a dos señores: a Dios y al dinero. No se puede. Y servir a Dios consiste en hacer siempre que el hombre viva. Pasada la emoción y la conmoción, será hora de poner los puntos sobre las íes. Nunca más algo así.

7. La esperanza siempre. Quienes dudamos, quienes pensaron en que no había nada que hacer, quienes desconfiaron de cualquier intento, quienes ya preparaban las cruces para el memorial… aprendieron (aprendimos) una lección de esperanza. Aprendimos a pensar “positivo”. Pero más que eso, a hacer todo lo posible para…, a imaginar, a crear, a innovar, a buscar juntos y ponernos de acuerdo para actuar como un solo cuerpo que reacciona unido cuando el más mínimo de sus miembros sufre. Es la esperanza en que “el amor es más fuerte”. Habrá que contagiarse de confianza y de esperanza. Nos hace tanta falta.

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