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HERMANO FRANCISCO, DISCREPO

Por Pablo del Valle Trivelli

Han pasado ya algunos días desde que Francisco se fue de Chile y no me puedo sacar de la cabeza las palabras que nos golpearon con sorpresa el día jueves 18 de enero y que han resonado desde entonces en tantas redes sociales y conversaciones:

“El día que me traigan una prueba contra el obispo Barros, ahí voy a hablar. No hay una sola prueba en contra. Todo es calumnia”.

¿En serio Francisco dijo eso? me preguntaba, desconcertado. ¡Ojalá no hubiese respondido nada! ¡Qué ganas de que todo hubiese terminado de otra manera! Sin poder evitarlo, una semana interesante y con momentos inspiradores (no exenta de cierta tibieza a ratos) se vio opacada por las declaraciones con que Francisco hizo evidente su apoyo al obispo Barros y desacreditó el testimonio de las víctimas de abusos sexuales. El buen sabor que sentimos al comienzo, cuando oímos a Francisco pedir perdón por los abusos en La Moneda, se fue perdiendo con el pasar de los días hasta que finalmente se volvió derechamente amargo con las declaraciones que dio en Iquique. Como un buen partido perdido en el último minuto de descuento, como una canción bien interpretada que se desafina en la nota final, la visita de Francisco nos dejó con sensaciones incómodas y cientos de preguntas teñidas de indignación.

Ciertamente hubo momentos muy lúcidos en algunos de los discursos del Papa, con palabras cuestionadoras, emotivas y esperanzadoras. El encuentro conmovedor en la cárcel de mujeres, las menciones a la Violeta, a Silva Henríquez y a Alberto Hurtado, la valoración de los pueblos originarios en Temuco y de los inmigrantes en Iquique, entre otros gestos, hacen soñar con una Iglesia renovada y más comprometida con los marginados. Pero, ¿recodaremos con cariño sus palabras o quedarán siempre empañadas tras las últimas declaraciones? ¿Tendrá el mismo peso su mensaje de humanidad luego de mostrarse tan insensible ante el sufrimiento de las víctimas? Estas y otras preguntas me cuestionan con fuerza, sobre todo porque me rehúso porfiadamente a olvidar el mensaje renovador que Francisco ha transmitido con valentía en sus encíclicas, en sus gestos cotidianos de humildad y en sus discursos recientes en nuestro país.

El miércoles asistimos junto a un grupo de Pastoral Juvenil al encuentro con los jóvenes en el Templo Votivo de Maipú, y celebramos el mensaje enérgico del Papa:

«Necesitamos que nos interpelen (los jóvenes), la Iglesia necesita que ustedes saquen el carné de mayores de edad, espiritualmente mayores, y tengan el coraje de decirnos, ‘esto me gusta’, ‘este camino me parece que es el que hay que hacer’, ‘esto no va’, ‘esto no es un puente, es una muralla’».

Hermano Francisco, como joven católico que escuchó entusiasmado tus palabras, hoy quiero interpelarte con humildad, consecuencia y cariño, pero también con indignación: me parece que tus últimas palabras sobre Barros y las víctimas «no van» y no son puentes sino murallas. Enormes murallas.

Tus palabras “no van” porque son insensibles y poco empáticas con las víctimas de abuso sexual y de poder. “No van” porque son poco respetuosas con la historia de personas concretas que hoy se exponen buscando mejorar la vida de muchos niños, niñas y jóvenes vulnerados. Tus declaraciones “no van” porque llamas “calumnias” a los testimonios de las víctimas en un momento de la historia en que hemos aprendido –a tropezones– que muchas veces esos testimonios son todo lo que tenemos y todo lo que debemos oír. Tus palabras “no van” porque pides pruebas para tomar cartas en el asunto, aún inserto en una sociedad civil que se ha adelantado y está aprendiendo –otra vez, lentamente- a remover de sus cargos a todos quienes estén siendo investigados por falta de ética, sean o no aún declarados culpables.

Hermano Francisco, tus palabras son murallas porque se interponen entre ti y las víctimas, y de esa forma te separan también de gran parte de la Iglesia de a pie, de ese grupo que le cree a los abusados y no a los abusadores. Son murallas porque otra vez representan a una Iglesia que hace oídos sordos al clamor del pueblo, representado por tantos fieles de Osorno y de todo Chile (a los que una vez llamaste tontos y zurdos, otra equivocación, me temo, hermano) que con convicciones inspiradas en el evangelio reclaman una comunidad fraterna y sana, guiada por un pastor realmente preocupado de sus ovejas. Sé que sabes muchísimo de estas cosas (¡seguro muchísimo más que yo!), y por eso me descolocan tanto tus declaraciones. Quizás en este momento te hacen falta recordatorios de amigos que puedan ayudarte a reparar y pedir perdón desde lo más hondo.

Nos hemos acostumbrado a no criticar demasiado al Papa -quizás porque Francisco nos agrada y se ha ganado nuestro corazón en estos años de pontificado– pero al parecer en este momento se hace necesario cuestionarlo. ¡Diría incluso que hoy es un deber cristiano! El cardenal Francisco Javier Errázuriz (que entre otras cosas dijo que todo “es una polémica inventada y que no tiene fundamento») declaró esta semana en una entrevista a la televisión que “hay personas que creen tener la cumbre de la sabiduría y que son capaces de criticar al papa y criticar a Dios también, no estoy de acuerdo con ellos”. Me parece que hoy como Iglesia necesitamos pensar justamente todo lo contrario: debemos ser capaces de criticar al Papa (dejando de lado la idea culposa de que eso es comparable a criticar a Dios) y tenemos que hacerlo porque sabemos que ni él ni nosotros tenemos la cumbre de la sabiduría.

Además de las declaraciones que tanto siguen resonando en nuestra cabeza, llamó también la atención el apoyo cariñoso que Francisco hizo en persona al obispo Barros. Sé que muchos hemos llenado nuestras sobremesas de preguntas y comentarios acerca de este extraño personaje que se ha apropiado de todos los titulares: ¿qué pasará por su cabeza? ¡Ojalá se hubiese restado de las misas para hacerlo todo más fácil! ¿Realmente le tendrá cariño a su Iglesia? ¿Cuánto podrá aguantar ese orgullo tenaz y sordo?

En las entrevistas, que muchos habremos visto, escuchamos a Barros justificar su presencia en las misas con argumentos llenos de una piedad orgullosa e inquebrantable. Lo oímos decir que no había que escuchar tanto a ese “grupito” de Osorno y que mejor habría que recordar a tanta “gente con adhesión al pastor que el santo padre les ha enviado” (¿adhesión al pastor? ¡Extraña concepción del ministerio!). Escuchamos también que se ha mantenido firme en la diócesis porque “es la vida de un sacerdote que desea estar al servicio de la iglesia”. Y es ahí cuando nos preguntamos cuánto de verdadero servicio a la Iglesia habrá en sus actitudes, que hoy por hoy parecen hacer tanto daño al pueblo de Dios. ¿Qué ves en él, Francisco, que te hace creer más en su palabra que en el testimonio doloroso de los abusados? ¿Qué te mueve a abrazarlo sin escrúpulos frente a quienes te piden una y otra vez que los escuches?

Si bien a muchos nos gustaría expresar directamente al Papa todas estas cosas, sabemos que existen caminos más cercanos para manifestar nuestra indignación. Pienso que como jóvenes y como laicos debemos levantar la voz en nuestra Iglesia de Chile, movidos por el deseo de construir una comunidad más cercana al mensaje del evangelio, en que haya un verdadero apoyo a las víctimas de abusos sexuales (¡y a tantos otros y otras no escuchados!) y una condena más firme a los encubridores, cómplices y victimarios (¡y tantos otros que abusan de su poder!).

No podemos acostumbrarnos a un modo de hacer Iglesia centrado en protegerse siempre a sí misma y en acallar desesperadamente todas las críticas (actitud que pareció tan bien reflejada en el empujón que dio el obispo González a una periodista que intentaba encarar a Barros) ¡Así no es la Iglesia que yo quiero! Pienso que no podemos callarnos y menos dedicarnos a defender con una devoción ciega a todas las autoridades eclesiásticas. Eso no es cariño verdadero a nuestra Iglesia, porque muchas veces significa dejar de lado a muchos hermanos que han sido pasados a llevar. Tenemos que conversar, discrepar y denunciar desde adentro, con ese modo tan bello de Jesús que transitaba entre la radicalidad y la ternura. Que nos oiga la sociedad descontenta, que nos oiga la jerarquía de la Iglesia, que nos oigan los obispos, a quienes el mismo Francisco ha interpelado en su discurso:

«Digámoslo claro: los laicos no son nuestros peones ni nuestros empleados, no tienen que repetir como ‘loros’ lo que les decimos».

Tengo esperanza en que laicos y laicas podemos dejar esos puestos de peones y tomar con responsabilidad el protagonismo que exige hoy nuestra Iglesia herida, a la que no le ha hecho bien tanto clericalismo. Las semanas y los meses que vendrán tras esta agridulce visita de Francisco serán oportunidad para reflexionar de forma consciente sobre nuestra Iglesia, nuestra sociedad y nuestra fe. El tiempo tendrá que ayudarnos a rescatar lo bueno de esta visita y reparar los daños generados, sin apurarnos en resolver las inmensas contradicciones que seguirán apretándonos por dentro. La grieta que se ha abierto nos permitirá mirar en lo más hondo a nuestra Iglesia y, si somos capaces de entender este momento de la historia, será también un espacio para sembrar semillas de renovación.

Deseo con todo el corazón que no se nos acabe la esperanza. Somos muchos y muchas los que terminamos esta semana con desilusión y rabia, pero sé que por debajo de estas capas más ásperas siguen vivos y latentes los corazones esperanzados y llenos de fe. Así mismo, me gustaría terminar reconociendo todos los pequeños signos de vida que han latido por debajo de las grandes polémicas y los titulares de los diarios. Es en esos pedacitos de Reino que se hicieron presentes esta semana en donde podemos depositar la esperanza: en la organización de cientos de comunidades de base, en peregrinaciones anónimas en el norte y en el sur, en las jornadas de tantas pastorales juveniles, en la emoción de niños, niñas y ancianos, en las canciones inventadas que no aparecieron en las pantallas gigantes, en los murales pintados en las poblaciones, en las protestas pacíficas de la gente de Osorno, en las declaraciones responsables y respetuosas de las víctimas de abusos, en las mil y una conversaciones que llenaron los hogares y las calles de nuestro país.

Ahí está la Iglesia de Jesús. Quiero creer que también está ahí la Iglesia de Francisco.

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