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LOS SANTOS ¿PARA QUÉ?

Los santos… ¿para qué? Enrique Moreno Laval sscc La reciente canonización de san Damián de Molokai y la cercanía de la fiesta de “Todos los Santos” (1 de noviembre) nos plantea una pregunta interesante. En definitiva, ¿para qué sirven los santos? A pesar de la creciente secularización cultural, subsiste una significativa cantidad de creyentes que parece fundamentar su creencia estableciendo su confianza sobre personas consideradas públicamente (canónicamente) santas; a quienes se recurre en busca de favores particulares, sobre la base de que serían poderosos intercesores ante Dios. Un Dios, en este caso, considerado reacio a conceder lo que con tanto fervor algunos seres humanos angustiados le solicitan. Hay casos extremos. En un determinado templo de centro de ciudad, a los pies de una imagen de santa Rita, están disponibles hojas explicativas que señalan sin ningún pudor: si usted reza esta oración, señalando en el momento adecuado lo que pide, y agrega tales padrenuestros y avemarías, lo solicitado se le concederá al cabo de siete días. En un santuario popular del sur de país, de presencia masiva en los días de la fiesta del santo, asisten creyentes a quienes sólo les interesa “pagar la manda” (en dinero) porque ha resultado lo que han pedido y este santo suele ser “muy cobrador”. En otro santuario, de data más reciente, cientos o miles de devotos acuden para conseguir resultados express, es decir, rápidos, expeditos, a las peticiones que presentan. ¿Para esto son los santos? Sin faltar el respeto a la buena fe de estas personas, habría que señalar con absoluta claridad que por ese camino vamos en una dirección muy equivocada. Se ha perdido el sentido más propio de la confianza puesta en Dios y tan sólo en él: el Dios que es Padre de todos, según la enseñanza de Jesús, y que tiene una especial preferencia por los pequeños, por los ignorados, por los que sufren, por los pobres de la tierra; y que hacer salir el solo sobre buenos y malos, sin distinción. Pero, para algunos, este Dios permanece demasiado lejano. Se confía entonces en unos “intercesores” que podrían hacernos lobby ante Dios, para que se aplaque, se ablande y se apiade de nosotros de una vez por todas. Y a todo esto, ¿dónde queda la persona de Jesús? Él es el único intercesor ante el Padre y no necesitamos otro mediador. ¿No podríamos emplear toda esa energía desplegada tras los “santos” y “santas” para buscar a Jesús en los evangelios y en la vida de todos los días, para profundizar su enseñanza, para celebrarlo a él y aprender de su actitud ante el Padre Dios y ante la humanidad? ¿Cómo hemos llegado a este punto en que la persona de Jesús queda velada por aquellos que se esforzaron por ser tan sólo sus testigos? Ellos mismos no aceptarían una forma de culto que empañara la presencia salvadora de su único Maestro y Señor. Siempre es tiempo oportuno para corregir esta distorsión que puede llevarnos a convertir a los “santos” en fetiches y a desconocer la única acción salvadora de todo lo humano desplegada por Dios el Padre, expresada en nuestra historia en el rostro de Jesús su Hijo, animada hasta el fin de los tiempos por su Espíritu. Como Iglesia no podríamos prestarnos para seguir manteniendo, y menos estimular, una situación como ésta. ¿Para qué entonces sirven los santos? El cardenal Francisco Javier Errázuriz nos proporcionó una clave de respuesta en su homilía del 21 de octubre pasado, cuando los hermanos y hermanas SSCC de Santiago celebraron a san Damián. Dijo: “Mis hermanos y hermanas, los santos son compañeros de ruta que nos ayudan a ser mejores discípulos y misioneros de Jesús con el simple testimonio de su propia vida. Para esto sirven los santos. Para ser modelos de vida cristiana. Pero modelos interpelantes, cuestionadores, por lo tanto incómodos, pero fuente de vida gozosa y llena de esperanza para el presente y futuro de la humanidad. San Damián debería ayudarnos a recuperar este original sentido de los santos en nuestra Iglesia. Por eso lo importante para nosotros ahora será sacar las conclusiones que la vida de San Damián nos propone para nuestra vida cristiana de hoy: cómo nos interpela, a qué nos invita, a qué nos desafía en lo personal y en lo comunitario”. Se trata efectivamente de “recuperar este original sentido de los santos en nuestra Iglesia”: modelos, testigos, compañeros de camino, que animan, interpelan, desafían, motivan, ayudan a crecer. Y en esta categoría deberían caber todos aquellos hombres y mujeres de toda la historia –de toda raza o nación, cultura o religión, creyentes o no– que por su esfuerzo por humanizar la vida son santos y santas a los ojos de Dios.

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