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¿MILAGRO EN ATACAMA?

El “milagro” de haber hallado con vida a los 33 mineros Sergio Silva sscc Muchos han acompañado con su oración y su solidaridad a los 33 mineros atrapados en la mina San José y a sus familiares, y a los rescatistas que han trabajado duro. Cuando se supo que se los había hallado con vida el domingo pasado, no pocos reaccionaron diciendo que esto era un milagro, que demuestra que Dios existe, pese a todo lo que se hace hoy para borrarlo de nuestra cultura. ¿Puede afirmarse que se trata de un milagro?

En sentido estricto, no es un milagro, ni puede esgrimirse como prueba de que Dios existe. De partida, porque ha habido muchos casos análogos en que los mineros han fallecido; entonces, en esos casos ¿Dios no existe?

Pero, además y decisivamente, porque un milagro es una intervención de Dios como Dios en nuestro mundo; podríamos decir que sólo ha existido un único milagro, que es la Encarnación del Hijo de Dios en Jesús de Nazaret, porque ahí Dios como tal ha vivido, actuado y sufrido en nuestro mundo. Sin embargo, como subraya Pablo en la carta a los Filipenses, en esta intervención mediante la Encarnación el Hijo se ha despojado de su divinidad para vivir entre nosotros como un ser humano cualquiera. A pesar de este despojo, los Evangelios cuentan que en el encuentro con Jesús se producían, cuando había fe de parte de la gente, acciones sanadoras, que los evangelistas llaman acciones de “poder” y que nos hemos mal acostumbrado a llamar milagros. En el caso de los mineros, no ha habido una intervención de Dios análoga a la Encarnación ni a las sanaciones y otras acciones de “poder” salvífico que hacía Jesús.

A esto se añade que, si un milagro propiamente tal es una intervención de Dios, queda envuelto en la oscuridad que tiene para nosotros todo lo referente a Dios: “A Dios nadie lo ha visto nunca” (Jn 1,18) y de Dios más sabemos lo que no es que lo que es (Santo Tomás al inicio de su Suma Teológica). Sería soberbia de nuestra parte querer afirmar con certeza una presencia de Dios en este caso.

Entonces, ¿no podemos agradecer a Dios por haber hallado con vida a los 33 mineros? Por cierto que sí podemos.

De partida, porque todo lo que existe depende de Él en cuanto es el Creador. Y el acto creador no está sólo al inicio de una vida humana o de un ser de la naturaleza, sino que es permanente, pues nada tiene en sí mismo la fuerza para existir, ésta la está recibiendo a cada instante de Dios. Y los mineros y los rescatistas han estado recibiéndola de Él durante todos estos días.

Más a fondo, como dice Pablo, “todo ocurre para bien de los que aman a Dios” (Rom 8,28). Es decir, hay una “providencia” bondadosa de Dios que guía la historia humana y la vida de cada uno de nosotros hacia el encuentro con Él. Y, de nuevo, como se trata de una acción de Dios, nos queda siempre envuelta en la oscuridad de Aquel que nos supera absolutamente. De modo que lo que puede parecernos un fracaso o un dolor intolerable puede ser, desde la perspectiva de Dios, un bien. Por eso podemos vivir nuestra vida con esa confianza en su Bondad, manifestada en forma extrema en la Cruz; en ella, el Amor de Dios llega al extremo (“Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” Jn 15,13); en la Cruz, Jesús se entrega a la oscuridad de la muerte con una mezcla muy humana de miedo (oración angustiada en el Huerto la noche antes, y exclamación en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, Mc 15,34) y de abandono confiado en el Padre (“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, Lc 23,46).

Los 33 mineros han sido hallados con vida, para alegría de ellos, de sus familias y, en cierta medida, de todo el país. Pero ahora vienen largos meses de mucha angustia. Y nada ni nadie asegura que no pueda haber accidentes ni enfermedades, que no pueda haber dificultades entre ellos en su encierro oscuro y caluroso. Que Dios los siga acompañando.

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