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OBISPO PARA SANTIAGO

¿Qué Obispo para Santiago? Sergio Silva G. sscc Tengo claro que mi deseo – o sueño – no va a tener ningún peso real en la decisión que se tome en Roma. Pero el ejercicio de desear – o soñar – la figura del Obispo ideal me ha hecho bien. Y leer el resultado de mi sueño puede hacerles bien a otros. Mi deseo es que el nuevo Obispo de Santiago sea un hombre totalmente impregnado de las orientaciones del Concilio Vaticano II; alguien que las ha hecho suyas de tal manera, que las vive espontáneamente, como sin darse cuenta. Explicito cuatro de estas orientaciones mayores, una de cada una de las cuatro grandes Constituciones del Concilio, que ayudan a hacer real hoy el carácter de buena noticia que tiene el Evangelio de Jesús en cada época de la historia.

1) Liturgia Me gustaría que el Obispo de Santiago celebrara los sacramentos, sobre todo la Eucaristía, con su pueblo. Y de tal manera, que incorporara a los fieles en el misterio, ayudándolos a lograr “aquella participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas que exige la naturaleza de la liturgia misma, y a la cual tiene derecho y obligación, en virtud del bautismo, el pueblo cristiano” (SC 14). Por lo tanto, un Obispo que no tuviera como primera preocupación cumplir las normas oficiales de la celebración (y hacer que su clero las cumpla), sino que estuviera totalmente dedicado a realizar el sentido de esas normas, que es la participación activa y provechosa del pueblo congregado en torno al altar. Para lograr esto, es indispensable que el Obispo comparta lo más posible la vida de su pueblo, para poder recoger sus gozos y esperanzas, sus angustias y tristezas y transfigurarlas en la presencia del Señor en el sacramento. Por eso, me gustaría que el Obispo de Santiago celebrara la Eucaristía cada domingo en una comunidad diferente; que llegara más temprano, para tener una conversación con los animadores de la comunidad sobre su vida y su tarea evangelizadora; y que pudiera quedarse después de la celebración a compartir algo de comer y de beber con la comunidad, en un clima distendido y alegre.

2) Escritura y Verdad de la fe Me gustaría que el Obispo de Santiago hubiera hecho suyo el carácter histórico de la revelación de Dios tal como aparece en la Escritura. De modo que para él lo fundamental de su tarea fuera colaborar con la acción de Dios que, en Jesús y luego también en cada presente de nuestra historia, “habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor y mora con ellos, para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía” (DV 2). Un Obispo, por lo tanto, que ha hecho carne en su vida que la Verdad fundamental de nuestra fe es una persona, Jesús de Nazaret; y que las verdades (que necesariamente tenemos que enunciar, creer y profesar) son sólo ayudas, vehículos transitorios, para transitar por ellos, porque el acto de fe del creyente – como sabía tan claramente Tomás de Aquino – no termina ni se detiene en lo que es posible enunciar acerca de Dios, sino que llega hasta Dios mismo. Un Obispo que no olvida “que hay un orden o ‘jerarquía’ de las verdades en la doctrina católica, por ser diversa su conexión con el fundamento de la fe cristiana” (UR 11), que no es otro que el Señor Jesús.

3) Iglesia Me gustaría que el Obispo de Santiago se situara en la Iglesia como lo propone la estructura de la Constitución Lumen Gentium: la Iglesia es, en primer lugar, misterio, porque la habita y la anima y la hace ser Iglesia el Espíritu del Resucitado (LG capítulo 1); luego, visiblemente, la Iglesia es Pueblo de Dios, un pueblo en el que todos sus miembros somos fundamentalmente iguales, porque hemos recibido el mismo bautismo, el sacramento que sella nuestro ser hijos de Dios, es decir, el sacramento en que llega a su meta lo que Dios ha querido hacer al crearnos y al intervenir luego personalmente en nuestra historia (LG capítulo 2); finalmente, en la Iglesia hay diversidad de ministerios al servicio del pueblo, entre ellos el ministerio ordenado de diáconos, sacerdotes y obispos (LG capítulo 3).

4) Iglesia y mundo Me gustaría que el Obispo de Santiago hubiese asimilado la actitud que la Constitución Gaudium et Spes propone que tenga la Iglesia ante el mundo y ante la historia humana; una actitud dialogal, solidaria y modesta. Una actitud dialogal, de profundo respeto (GS 3), incluso a los adversarios (GS 28); un respeto sagrado, basado en que en el corazón de todo ser humano “obra la gracia de modo invisible. Cristo murió por todos, y la vocación suprema del ser humano en realidad es una sola, es decir, la divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual” (GS 22). Una apertura a la historia actual, en la que sigue actuando Dios; de ahí que sea “deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio” (GS 4) si quiere cumplir con su misión de comunicar el Evangelio a cada generación. Una actitud solidaria, porque: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón” (GS 1). Una actitud solidaria basada también en que la Iglesia “está presente ya aquí en la tierra, formada por seres humanos, es decir, por miembros de la ciudad terrena que tienen la vocación de formar en la propia historia del género humano la familia de los hijos de Dios, que ha de ir aumentando sin cesar hasta la venida del Señor. (…). De esta forma, la Iglesia, entidad social visible y comunidad espiritual, avanza juntamente con toda la humanidad y experimenta la suerte terrena del mundo” (GS 40). Más aun, esta solidaridad se expresa en que “el Pueblo de Dios y la humanidad, de la que aquél forma parte, se prestan mutuo servicio” (GS 11).e Una actitud modesta, porque el Vaticano II sabe que la Iglesia “custodio del depósito de la palabra de Dios, del que manan los principios en el orden religioso y moral, sin que siempre tenga a mano respuesta adecuada a cada cuestión, desea unir la luz de la Revelación al saber humano para iluminar el camino recientemente emprendido por la humanidad” (GS 33). Una actitud modesta, especialmente de parte de los pastores: “De los sacerdotes, los laicos pueden esperar orientación e impulso espiritual. Pero no piensen que sus pastores están siempre en condiciones de poderles dar inmediatamente solución concreta en todas las cuestiones, aun graves, que surjan. No es ésta su misión. Cumplan más bien los laicos su propia función con la luz de la sabiduría cristiana y con la observancia atenta de la doctrina del Magisterio” (GS 43).

¿Será demasiado pedir que el próximo Obispo de Santiago tenga las orientaciones del Vaticano II como ideal de su acción pastoral y se esfuerce por llevarlas a la práctica en su tarea cotidiana?

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