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Paris encore

Pedro Pablo Achondo M. ss.cc.

No se trata de diferenciar ni de excluir ni de menospreciar ni de sobrevalorar. Diré algo sobre lo sucedido en Paris, primero porque estoy aquí y eso me vuelve responsable de una palabra. Y segundo porque lo sucedido merece una reflexión, que en ningún caso excluye otras ni respecto a otras situaciones igualmente terribles y dolorosas (o mucho peores).

Vivimos momentos de confusión e inseguridad, talvez como la “capital del siglo XIX” jamás lo había sentido. Este sentimiento y “estado” viene no solo de los atentados en sí mismos, sino de la manera en que estos se realizaron y pueden seguir realizándose. La inseguridad profunda y el miedo provienen del hecho que nadie sabe quién puede atacar ni quién puede morir. No hay blancos ni maneras de predecirlos. Los kamikazes, como se les ha llamado a los jóvenes que se auto-inmolan explotando, son una “nueva manera de matar (y de morir) y sembrar el terror” en Paris.

Hoy la discusión –y no tanto la reflexión que se nos impone- tiene que ver con las medidas urgentes; de si estas (aunque debiliten las libertades profundas de la Republica) deben o no llevarse a cabo: detención, fuerza policial y militar, procesos de VISA y pedido de nacionalización, control de migrantes, estado de excepción, políticas de sobrevigilancia, ataques aéreos en Siria, etc… Francia hoy responde con violencia. No es una afirmación moral, sino una constatación. La que sin lugar a dudas debe suponer una reflexión que hoy, por lo menos a nivel político y comunicacional, no está disponible. La fe en Jesús el Mesías y la confianza en el ser humano me impiden estar a favor de la violencia, en cualquiera de sus formas (incluso aquellas institucionales y, por tanto, “legitimadas”, pero no legitimas) y más aún cuando es sangrienta, absurda, horrible, descomunal. Aquí hemos vivido una masacre que no tiene nada que ver con una guerra. Aquí en Paris no hay bandos luchando ni ejércitos enfrentándose; hay simplemente sujetos dispuestos a eliminar ciudadanos, sea quien sea, sea cuando sea y sea donde sea.

Razones vamos a encontrar, si las había incluso en una cabeza racional como la de Einchmann (remito a mi columna del 28 de abril del 2015, en este mismo blog), pero justificación para la masacre, jamás! Los tiempos nos exigen acciones concretas, que a mi parecer tienen que repercutir en todas las esferas de la sociedad: una verdadera educación para el amor y el respeto, el desarrollo intelectual de lo humano en su totalidad, una vida comunitaria (y eclesial) donde prime la gratuidad, la conversación, la verdad el debate en paz; un sector político cuya moral y practicas sean éticas y transparentes; una institución policial al servicio de los ciudadanos y los más desprotegidos; un país que acoja al distinto y tenga siempre un lugar para los sin-lugar.


Es evidente que cuando la violencia brutal nos toca a la puerta todo cambia, las ideas que siempre tuvimos pueden perderse en la confusión, la justicia se enreda con la venganza y el dolor clama a través de una cólera rebelde que puede llevarnos al caos. Todo eso ocurre y está ocurriendo. Aquí es donde el hombre y la mujer de fe, aquel que “tiene su vida anclada en el Señor Jesús”, debe sacar lo mejor de sí mismo, debe responder con el espíritu crítico propio de los profetas del Reino, con la sabiduría de los reyes-servidores de los hermanos/as y la oración y fuerza espiritual de los sacerdotes y sacerdotisas de la Comunidad de discípulos y discípulas. Nada fácil. Sin embargo la fe nos da la posibilidad de “efectivar” nuestra vocación bautismal, nuestro ser hijos y hermanos todos. La misión del cristiano y el llamado a la “sobreabundancia” del amor siguen en pie; ¿estaremos a la altura?

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