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¿Podremos volver a sentirnos “en casa” en la Iglesia?

Sergio Silva G. ss.cc.

Esta página brota de un profundo y extendido malestar que vengo experimentando desde hace años y que puede ser sentido también por muchos de mi generación y de las generaciones cercanas (soy nacido en 1939 e hice los estudios de filosofía y teología entre 1961 y 1968, en pleno Concilio Vaticano II).

Hace algunos años, leyendo a Edith Stein, encontré que ella había descubierto la Iglesia católica como casa (Heim, en alemán) y patria (Heimat), dos palabras, como se ve, íntimamente relacionadas en alemán. Ciertamente, durante mi formación y los primeros años del posconcilio me sentí en casa en la Iglesia. También en los años de la dictadura militar en Chile. ¡Qué fácil me resultaba, entonces, identificarme con el Papa (Juan XXIII, Pablo VI) y con los Obispos de Chile (Manuel Larraín, Raúl Silva, Fernando Ariztía y tantos otros)! Hoy no siento ninguna facilidad, por el contrario, más bien permanente disgusto.

Ese es un aspecto de la Iglesia, su aspecto institucional, oficial, jerárquico. Está también el otro aspecto, decisivo, el de la vida de la comunidad eclesial. Mi experiencia es que, en algunas comunidades sigo sintiéndome en casa, en otras no. Percibo en muchas comunidades – en las parroquias, los movimientos, las comunidades eclesiales de base – una pérdida de lo que vivimos antes: la audacia para enfrentar los problemas reales de la gente y luchar, con ella, para encontrar alguna solución. Muchas comunidades las veo más bien refugiadas en espiritualismos y piadoserías, ¡tan lejanos del Espíritu de Jesús resucitado y de la piedad fuerte de la Escritura, donde se muestra al Dios compasivo que acompaña a su pueblo en su historia de todos los días!

¿Qué ha sucedido?

Creo que nos ha dado miedo. Miedo a las turbulencias que se produjeron en el inmediato posconcilio y que llevaron a muchos sacerdotes y religiosos y religiosas a abandonar sus compromisos. Miedo al mundo nuevo que surge, sobre todo entre los jóvenes; miedo a los cambios culturales enormes, que ponen en cuestión prácticamente todo lo que hemos recibido como cristianismo, y que no se refieren sólo a la moral sexual. Tengo la impresión de que ha caído un muro protector que rodeaba todo lo “sagrado”, fuera religioso o profano; hoy no hay problema en ridiculizar a la Iglesia, a sus jerarquías, pero tampoco a los héroes de la patria o a los propios padres. El miedo ante estos cambios nos ha llevado a refugiarnos en lo seguro y conocido, que es justamente lo que no sirve para enfrentar el mundo nuevo. Si no, ¿por qué se vacían las Iglesias en Europa y no llegan vocaciones al sacerdocio ni a la vida religiosa? ¿Y no está pasando eso también entre nosotros? El Concilio Vaticano II se propuso superar el divorcio entre la Iglesia y el mundo moderno. Creo que esta tarea quedó inconclusa, y ya no estamos en la modernidad, sino en algo bastante diferente. Porque la modernidad confiaba en la razón, que se suponía era universal, al estar presente en todos los seres humanos; en cambio, la nueva cultura que se globaliza sólo confía en la subjetividad individual.

¿Qué podemos hacer?

Perder el miedo. La Iglesia, el cristianismo, la salvación de la que da testimonio (y hace presente tanto sacramentalmente como por la acción cotidiana del amor) no son obra nuestra sino del Espíritu de Jesús Resucitado. Y ese Espíritu lo hemos recibido, tenemos que dejarlo que conduzca nuestra vida. Más aun, ese mismo Espíritu está actuando en este mundo nuevo; por consiguiente, tenemos que descubrir los signos de su acción, los lugares y las formas de lo nuevo que está creando, para poder secundarlo desde la Iglesia y superar, hasta donde es posible, la inevitable presencia del mal, que acompaña a toda obra humana.

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