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Sin miedo, libres, bien tratadas, compañeras, hermanas, mujeres. ESPERANZADAS…

Elena Maffioletti Arratia


He intentado poner en palabras qué significa para mi lo vivido el 8M, intentando reconocer a su vez que cada une vive esta lucha de manera distinta.

Cuesta tanto describir lo vivido, creo yo, porque no solo se trata de un día en que se conmemora, sino que es el inicio y el fin de un proceso personal y a la vez la manifestación de la importancia de la sororidad y la lucha colectiva. Es un día que lleva todo a la superficie, que implica enfrentarse a las violencias más brutales, a reconocer la rabia, el dolor, la impotencia, la vulnerabilidad, y la desesperanza que muchas veces nos llena.

Y en medio de todo eso nos reconocemos, nos encontramos, nos abrazamos, nos acompañamos y nos a(r)mamos entre nosotras. Y de alguna manera, nos encontramos con la esperanza cara a cara. Nos encontramos con ella en el rostro de cada mujer y de cada niña, de cada compañera que va a nuestro lado. La esperanza la escuchamos en cada «yo te creo», en cada «vamos juntes».

La esperanza se siente en el aire.

Natalie Parra Coloma

Año a año nos reunimos para demandar justicia, dignidad y buen trato. Vernos ahí, compañeras y compañeros de camino, llena de esperanza la vida. Alienta a seguir en el día a día, le pone una vibración al corazón que sintoniza con las que van al lado, con las que a la distancia se suman, con las que no estuvieron, con las que partieron en medio de la lucha y con las que vendrán en un futuro libre y seguro.

Y esa es la gran esperanza que se despierta. Que nuestra sociedad avance cada día en igualdad, en ser un espacio en que las mujeres transitamos libremente y sin miedo, ese sueño de horizontalidad en las relaciones, de derechos y deberes compartidos. Ser libres de ser quienes queramos, de ser fieles con aquello que nos mueve. De sororidad y no competencia.

Ese anhelo de liberación, es lo que cristianamente nos mantiene siendo fieles al evangelio, buscando ser consecuentes con el llamado a construir el Reino, aquí y ahora. Después de la tarde del viernes 8M quedó más que claro; somos muchas aquellas que buscamos, desde distintas militancias pero con una causa común, la dignidad y nuestros derechos.

Queremos el quiebre de la historia que nos ha desfavorecido por tantas épocas. Es nuestro tiempo, por mis compañeras y compañeros, por aquellas y aquellos que vienen. Por nuestra sociedad que debe reconstruirse y estar acorde a los signos de los tiempos. Y por qué no, por nuestra Iglesia, para que nos deje de ver en la última banca de los templos, nos deje de convocar solo como oyentes en las instancias de decisión, y nos respete como hijas de Dios. Hay un tiempo nuevo bajo el sol, y este es el nuestro, compañeras.

Graciela Garay Miranda ss.cc.

Hablar de la conmemoración del 8M para mí significa mirar el futuro con esperanza, significa alentar la posibilidad de que las cosas están cambiando, que muchas y muchos están mirando la realidad de una manera diferente, en este pequeño escrito no puedo dejar de nombrar a un grupo de estudiantes de IV del liceo Nuestra Sra. de la Paz, mis estudiantes… mujeres que decidieron organizarse para realizar una intervención al frente de sus compañeros de los demás cursos, la cual visualizó lo que ocurre y afecta a tantas, día a día se ven obligadas a callar por miedo, por amenazas, por el temor a morir. En mis alumnas veo la esperanza de un tiempo que cambia para dejar de lado estereotipos. Observo un tiempo de esperanza de nuevas generaciones dando la pelea por la igualdad.

Bajo ese ambiente comencé mi conmemoración de esta fecha participando al final del día de la marcha. Debo admitir que a partir de la actividad realizada en la mañana mi corazón se sentía orgulloso de ver a chicas mostrando una realidad difícil de mostrar, siendo voz de aquellas que no tuvieron voz, o no se atrevieron a tenerla, o simplemente no se les permitió tenerla. En ellas veo la esperanza de nuevas generaciones que apuestan por el cambio, sin lugar a dudas este episodio marcaba que la marcha tendría otro tinte, mujeres que como todos los años exigimos justicias frente a tantas realidades que se viven, mujeres sintiéndose libres de expresar lo que en otras oportunidades no podían, “fuimos muchas caminando” hermanas, amigas, compañeras, pero cada vez que digo eso pienso en aquellas que faltaron, que ya no están, que las mataron, lo vivido me invita a mirar los nuevos tiempos con esperanza; con la esperanza de la justicia, con la esperanza de la escucha, con la esperanza de la sororidad, confieso que los 8M no los celebro sino que los conmemoro, pero este fue diferente, porque anidó en mi corazón la esperanza de nuevas generaciones que alzan la voz para manifestar lo que ocurre. Quizás ahora y con la esperanza de lo vivido… sea un tiempo para celebrar.

Natacha Pavlovic Barbaric

Desde chica toqué cacerolas contra Pinochet desde mi ventana o en la esquina de mi casa, hasta que llegaba la “cuca” y había que arrancar. A los 11 fui a una masiva concentración del NO. A los 12 a una de Aylwin y luego a celebrar por ese primer gobierno en democracia. A los 15 marché un par de veces junto a mis amigos/as de CPJ Alameda y paremos de contar… El resto de las marchas y protestas –educación, no + AFPs, mujeres- las vi por la tele, a ratos con cierta envidia y leve vergüenza por no haber estado, pero no la suficiente para decidir sumarme a la siguiente. Mi principal razón: me caaarrgaaa que me aprieten y que no pueda moverme con libertad, a mi ritmo, o para irme, sencillamente y de pronto, si no me gusta estar ahí.

Pero este 8M fue distinto, muy distinto. Esta vez no podía restarme. La marcha era nuestra, de todas nosotras, las mujeres… las que estuvieron, las que están y las que vendrán. Me dio lo mismo el apretuje y saber que no contaría con un metro cuadrado al menos para moverme.

No soy una romántica, no he tejido un hermoso discurso sobre mi adhesión a lo central del feminismo. Lo único que tengo, mi “pase gratis” -para marchar ese día y gritar voz en cuello las arengas de las chiquillas- me lo gané por ser mujer. Al igual que a la grandísima mayoría (por no decir todas), llegar a ser una mujer adulta –y relativamente sensata y feliz- no me ha salido barato, para nada. He vivido el abuso callejero y doméstico, las faltas de respeto en escenarios laborales, las bromas sexistas, los juicios por mi aspecto, mi manera de vestir, mis decisiones afectivas, etc., etc., etc. También yo misma me he violentado, tantas veces, poniéndome en lugares inadecuados solo para “no molestar”, para “caer siempre bien”, para ser apreciada.

Sin embargo, más allá –o más acá- de lo pasado (que no está necesariamente “pisado”), está el presente. Y en este presente me siento llamada a concebir mi vida y la de todas las mujeres, las cercanas y las que no conozco, con más dignidad y amor, con más compasión y compromiso por cambiar la realidad.

El presente es nuestro, de las mujeres, y lo más lindo de todo esto es que al decir que es nuestro, siento que se abre el camino, se abre este gran círculo (que ha existido desde siempre, solo que silencioso o “acallado”) a todas las personas. ¿Quién podría quedarse afuera si nosotras, que por siglos y siglos hemos sido marginadas logramos atravesar el umbral hacia el respeto y la igualdad?

Me preguntaron ¿cuál es tu esperanza, luego de marchar en el 8M? No sé si he respondido a la pregunta, pero cuando ya quiero terminar este texto se me aparecen las Bodas de Canaá… Dicen que allí tuvo lugar el primer milagro de Jesús (de que se tenga registro en el evangelio). Ese primer gesto sobrenatural fue inspirado por María y creo que eso no es una coincidencia, ni tampoco da lo mismo. Más allá de las exégesis oficiales, está la interpretación que a mí, y sobre todo hoy día, me hace un profundo sentido. Fue ella quien primero tuvo compasión de estos novios que se quedaron sin vino en medio de la fiesta. Seguro Jesús estaba conversando o bailando animado, despreocupado de esos detalles “nimios” que tradicionalmente hemos debido atender nosotras, y llega ella, su mamá, a animarlo a actuar, a intervenir en la historia. Ella logra comunicarle su compasión y hacerlo parte de la solución. No creo que este sea el único episodio en que María instó a Jesús, como su hijo, a hacer lo correcto. Seguro en su vida juntos, como familia, deben haber habido muchísimas situaciones como esta, pero este solo hecho nos muestra una imagen con que al menos yo, quiero quedarme. Una mujer que abre camino, un hombre emprende camino a su lado, siguiéndola en la compasión y el cariño, hacia una fiesta para todas, para todos, en que no falte el vino del compartir, de la amistad y sobre todo, el vino del amor entre todos los seres humanos.

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