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TIEMPO DE CUARESMA

Cuaresma, un paso de conversión Pablo Fontaine sscc

Que necesitamos convertirnos es algo demasiado obvio y repetido. Que la conversión de todos como Iglesia sea tarea urgente de nuestros días, es algo menos obvio. Sin embargo, es una necesidad que debemos reconocer así, es decir, como suma urgencia. Me atrevo a afirmarlo por un razonamiento sencillo: la Iglesia existe para evangelizar. Lo más esencial de esta evangelización es el testimonio de la caridad. Ahora bien, nuestras comunidades cristianas muy a menudo no irradian ese amor mutuo. No podría decir ahora el que mira desde fuera: “Mira cómo se aman”. Y esto es muy serio porque se refiere a la misma razón de ser de la Iglesia. No puede haber un momento más oportuno que la Cuaresma para dar un paso de conversión: “Éste es el día favorable, éste es el día de salvación” (2 Cor.6.2). El Evangelio del Miércoles de Ceniza abre este tiempo con un llamado a la interioridad, a evitar toda hipocresía religiosa, a no hacer de la oración, la limosna y el ayuno, motivos de ostentación y vanagloria. Para aterrizar este llamado para las comunidades que acompaño, les voy a pedir algo muy sencillo, pero significativo: “Hermanos, les propongo que nos comprometamos todos a evitar en esta Cuaresma, cualquier palabra que exprese algo malo sobre otro. Y cualquier palabra que hiera a otro”. Diciéndolo positivamente: “Sólo decir el bien sobre mi hermano; sólo decir lo bueno a mi hermano” Nuestras comunidades caen a veces en la murmuración, la intolerancia, la susceptibilidad, la impaciencia, todo lo cual, aun en dosis mínimas, es suficiente para enfriar el amor o impedir que resplandezca el testimonio de ese Jesús que nos amó hasta el extremo y por el cual tenemos vida verdadera. Pasar una Cuaresma atendiendo a este fraternal cuidado de la lengua, puede ser un desafío nada fácil. Requerirá oración, corregirse a sí mismo una y otra vez, pedir perdón para reparar la falta, mirar a Jesús para tomar fuerzas. Pero puede ser el mejor ayuno cuaresmal de este momento y un excelente remedio para la vida comunitaria. Un cuidado así de la lengua, ¿será mucho pedir? ¿o tal vez será pedir muy poca cosa, dada la solemnidad de la Cuaresma? Si yo quiero ver otro modo de ser Iglesia ¿cómo podría desear una Iglesia pobre, misericordiosa y servidora si no mejora mi relación con el hermano que está a mi lado? ¿Tenemos derecho a exigir mejor liturgia si ponemos una sombra en la comunión entre hermanos convocados para orar? ¿Podemos clamar por mejores pastores si somos duros en el trato con el rebaño de Cristo? ¿Pedir mayor libertad evangélica si estamos cautivos de nuestro mal humor o de nuestra prepotencia? ¿Qué esperamos para convertirnos de verdad al Evangelio de Jesús e imitar su mansedumbre? ¿O será imposible que se traten con benevolencia los hombres y mujeres por los cuales murió Jesucristo? La conversión que esperamos para la Iglesia, ¿debe venir de algún decreto pontificio o de cualquier comunidad de base que se abre al Espíritu? Recordemos cada día que “él no cometió pecado ni se encontró mentira en su boca. Insultado no devolvía los insultos, y maltratado no amenazaba, sino que se encomendaba a Dios, que juzga justamente” (1 Pedro 2, 22-23).

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