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Salud pública, sufrimiento de los pobres Matías Valenzuela sscc

El 5 de julio apareció esta carta en “Cartas al Director” de El Mercurio, la que transcribo, agregando un suplemento.

Señor Director: Algunos recordaremos la angustiosa sensación que producía la lectura del libro «El Proceso», de Franz Kafka, ya que nos introducía en el universo laberíntico de jueces y sistemas policiales sin rostro, graníticos, sin posibilidad de defensa, ni apelación, y donde el ser humano era una insignificancia. Eso que expresaba la novela y que se vivía en el sistema inquisitorial chileno de justicia penal, hoy muy renovado, está siendo una parábola de muchos de los hospitales públicos, al menos de los que están en la zona sur de Santiago.

Me ha tocado acompañar personas cuyos familiares están hospitalizados en centros de atención como el Hospital Barros Luco o el Sótero del Río, en que los pacientes se enferman y mueren en sus camas por pulmonías que se inician en el mismo recinto, ya que el personal ni siquiera atiende el momento en que el enfermo se orina por completo, y donde la posibilidad de consultar por el diagnóstico o pronóstico del paciente es mucho más difícil que ir a La Moneda a desayunar con el Presidente de la República.

Todo esto contrasta con la atención privilegiada que reciben en nuestro país los pacientes de clínicas privadas. Es un claro problema de desigualdad. ¿Cuál es la razón?: ¿La cantidad de pacientes? ¿La falta de hospitales? ¿La falta de recursos? ¿La mala gestión? Es posible que sea todo ello y más, pero me parece que también hay un problema vocacional, una falta de esmero en el cuidado del ser humano, una indiferencia provocada por el acostumbramiento ante el dolor y la impotencia del otro.

La grandeza de una sociedad y de una persona se ve en cómo enfrenta la situación de los más postergados y cómo asume el desafío de alcanzar mayores estándares de igualdad. En esto, nosotros estamos al debe, y si Kafka viviera, estoy seguro de que escribiría una novela muy oscura que se llamaría «El Hospital». Matías Valenzuela sscc.

Apostillas a la carta: Comparto esta carta para que nos detengamos un momento a reflexionar sobre el servicio de salud que ofrecemos a la gran mayoría de la población, entre los cuales se encuentran los más pobres. Hace algún tiempo los estudiantes secundarios nos exigieron detenernos para mirar el tipo de educación que les estábamos brindando, ellos se movilizaron y lograron entre otras cosas una modificación en la ley general de educación e instalar en la discusión pública la necesidad y el derecho a exigir una educación de calidad para todos. Pero qué pasa en el rubro de la salud, ¿quién defiende los intereses de los pacientes, especialmente de los más postergados?

La carta claramente está escrita desde la ira, por haber presenciado situaciones concretas de mal trato, y, por lo mismo, carece de una mirada ecuánime, que valore el esfuerzo de muchos profesionales de la salud que se entregan muy generosamente en condiciones muy exigentes de trabajo. Pienso que eso es necesario reconocerlo, pero no basta ello, porque día a día también vemos la indignidad en que muchos de nuestros compatriotas son atendidos.

Por último, quiero expresar que este tipo de críticas en ningún caso pretenden poner en tela de juicio la existencia del sistema de salud pública, al contrario quiere ser un llamado de atención a que debería ser el mejor servicio posible. En Chile tenemos esa mixtura entre lo público y lo privado en temas altamente sensibles como son la educación y la salud, en esto hemos sido ambiguos, al punto que el Estado financia la educación particular con fines de lucro. No hemos hecho opciones claras. Tampoco pretendo que debamos estatizarlo todo, pero sí que aquello que se ofrece por parte del Estado, en virtud del principio de subsidiaridad, a la gran mayoría de la población, debe ser de excelencia, debe ser cuidado y también debe ser humano y humanizador.

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