Alegría y esperanza en devoción del Padre Esteban
La eucaristía que conmemoró los 25 años de su pascua se celebró el 3 de mayo de 2026 en la Parroquia San Pedro y San Pablo, donde se encuentra el memorial del Padre Esteban Gumucio Vives, actual siervo de Dios, quien nació el 3 de septiembre de 1914 y falleció el 6 de mayo de 2001.
“El Padre Esteban no se quedó en palabras. Él comprendió profundamente que seguir a Cristo implica hacerlo presente en la historia, especialmente allí donde más duele: en los pobres, en los marginados, en los perseguidos… Y en medio de la oscuridad, su palabra resuena con fuerza profética: ‘Creo que detrás de la bruma el sol espera… No me robarán la esperanza’”.
Con esa afirmación, pronunciada en el corazón de una homilía serena, profunda y pastoralmente luminosa, mons. Alberto Lorenzelli Rossi puso nombre al verdadero sentido de la celebración: no se trataba solo de recordar al Padre Esteban Gumucio, sino de dejar que su vida volviera a interpelar a la Iglesia. A veinticinco años de su Pascua, la memoria del Siervo de Dios no apareció como un ejercicio de nostalgia, sino como una llamada vigente, concreta y exigente: creer para hacer, amar para servir, esperar para seguir caminando.
La Parroquia San Pedro y San Pablo, en la comuna de La Granja, se convirtió este domingo 3 de mayo de 2026 en una casa grande para esa memoria agradecida. El templo se llenó con cerca de 200 personas que llegaron puntualmente a la misa de las 11:00 horas. Había personas mayores, familias, jóvenes, integrantes de comunidades parroquiales, religiosas, sacerdotes, laicas y laicos, personas en silla de ruedas, vecinos y vecinas del barrio que agitaron sus banderas al son de los cantos. Fue una asamblea diversa, popular, encarnada; precisamente el tipo de Iglesia donde el Padre Esteban reconocía el rostro de Jesús. Fue, en el sentido más cristiano de la palabra, una fiesta de resurrección.
Al frente, el altar cubierto de flores, los cirios encendidos, la imagen de María y el mural de San Pedro y San Pablo componían, como siempre, una escena sencilla y elocuente. El tono pascual atravesó toda la eucaristía. El canto, acompañado por guitarras, percusión y voces comunitarias, levantó el ánimo de la asamblea. Las comunidades presentes participaron en las lecturas, las oraciones y las acciones de gracias. Al final, cada una recibió una imagen gráfica como recuerdo de estos 25 años.
La eucaristía fue presidida por el obispo auxiliar de Santiago y vicario general de la arquidiócesis, Alberto Lorenzelli Rossi, SDB, y concelebrada por los padres de los Sagrados Corazones Alex Vigueras, vicepostulador de la causa de canonización del Padre Esteban; Magín Vega, párroco de San Pedro y San Pablo; y Mario Soto, vicario parroquial. También participaron los diáconos René Alvarado, Eugenio Miranda, Juan Carlos Yáñez, Rubén Salinas y Carlos Chacón.
La homilía de mons. Lorenzelli tuvo mucha fuerza y fue seguida con atención por la asamblea. El obispo no presentó al Padre Esteban como una figura amable del pasado ni como una estampa piadosa detenida en el tiempo. Lo situó en el Evangelio del Quinto Domingo de Pascua, allí donde Jesús dice: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Desde esa clave, recordó que la fe cristiana no es solo una doctrina ni un conjunto de normas, sino una relación viva con Jesucristo; una relación que se prueba en el seguimiento, en la fidelidad, en la perseverancia y en la capacidad de no dejar que el corazón se turbe cuando la historia se vuelve difícil.
Mons. Lorenzelli destacó a Esteban en su verdadera dimensión: fue, dijo, “una encarnación concreta” de Cristo Camino, Verdad y Vida. Y esa concreción tuvo una dirección clara: los pobres, los marginados, los perseguidos, los barrios periféricos de Santiago, los tiempos difíciles, la defensa de los derechos humanos, la ternura hecha cercanía, la fe convertida en obras.
Ahí estuvo uno de los núcleos más contundentes de la jornada. Recordar a Esteban no permite refugiarse en una espiritualidad decorativa. Su testimonio desinstala. “El Padre Esteban no se quedó en palabras”, afirmó el obispo. “Él comprendió profundamente que seguir a Cristo implica hacerlo presente en la historia, especialmente allí donde más duele: en los pobres, en los marginados, en los perseguidos. En los barrios periféricos de Santiago, su cercanía, su ternura y su compromiso lo convirtieron en un signo vivo del Evangelio”.
También recordó que el Tata Esteban decía con claridad: “La fe no es solo creer en algo; es creer para hacer”. Y desde esa frase explicó: “Ahí encontramos una clave fundamental para nuestro propio camino de santidad. Porque la santidad no es algo reservado a unos pocos, sino una vocación universal. Todos estamos llamados a vivir una fe que se traduzca en obras, en gestos concretos de amor, en decisiones valientes por la justicia y la dignidad humana”.
En la misma línea, sostuvo que “el Padre Esteban, profundamente marcado por el espíritu del Concilio Vaticano II y de la Conferencia de Medellín, nos recuerda que la Iglesia no puede desentenderse del mundo, sino que está llamada a ser presencia viva de Cristo en medio de la historia. Una Iglesia ‘voz de los sin voz’, como él mismo la vivió en tiempos difíciles, defendiendo los derechos humanos con valentía evangélica”.
Y, en medio de la oscuridad, volvió a resonar la palabra profética de Esteban: “Creo que detrás de la bruma el sol espera… No me robarán la esperanza”. Esa esperanza, subrayó Lorenzelli, es profundamente pascual. No es ingenuidad, sino confianza en que Cristo ha vencido la muerte. Es la certeza de que el camino, aunque pase por la cruz, conduce a la vida.
También tuvo fuerza la presencia mariana en la homilía. Lorenzelli recordó que la devoción del Padre Esteban a la Virgen María no era un adorno sentimental, sino una dimensión entrañable de su espiritualidad. María, mujer creyente y fuerte en la esperanza, acompañó su modo de vivir la fe. En ella, Esteban aprendió la disponibilidad, la confianza, la cercanía con los que sufren y la capacidad de decir “sí” incluso cuando el camino pasa por la cruz. Esa referencia mariana no cerró la homilía hacia una piedad intimista; al contrario, la abrió hacia una fe sencilla, valiente y servicial. "Madre de los cansados", que el propio Esteban escribió, fue el cántico que cerró la eucarístía.
Uno de los momentos más emotivos, como ocurre siempre en esta comunidad, llegó después de la comunión, cuando se cantó “El Peregrino de Emaús”. La asamblea, de pie, entonó el canto con e4stribillo y grito característico haciendo que las banderas danzaran en alto. Allí la memoria fue toda celebración. No era solo una canción querida; era una manera popular y creyente de decir que Esteban sigue caminando con su pueblo.
Su Pascua no cerró una historia; abrió una herencia. Y esa herencia es incómoda y consoladora a la vez: una Iglesia con los pies en la calle y el corazón en Dios; una fe que no se conforma con creer en algo, sino que se atreve a creer para hacer; una esperanza que no niega la bruma, pero tampoco le concede la última palabra.
Al concluir la celebración se agradeció a la comunidad parroquial, al obispo Lorenzelli por haber presidido la eucaristía y sus palabras en sintonía con el caminar de las comunidades, y a Ana María Cáceres y José Luis Zenteno, quienes durante diez años coordinaron la Comisión Parroquial de la Causa. Luego, el padre Alex Vigueras, actual vicepostulador, presentó la cuarta edición del libro Bienaventurados los viejos, que incluye algunos poemas inéditos del Padre Esteban. Después de la misa vinieron el chocolate y las galletas, servidos por la comunidad parroquial como prolongación sencilla de la fiesta.
A 25 años de su Pascua, claramente no se celebró una ausencia. Se celebró una presencia pascual. Entre flores, cirios, cantos, banderas, chocolate compartido y pueblo reunido, el Padre Esteban volvió a decir lo que dijo con su vida entera: que Cristo sigue siendo Camino cuando la historia se vuelve confusa; Verdad cuando la dignidad humana es amenazada; Vida cuando los pobres, los heridos y los olvidados encuentran una Iglesia capaz de caminar con ellos. / APN


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