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UN SUEÑO DE ADVIENTO

Esteban Gumucio

Los sueños suelen tener mucha mayor libertad que la que permiten la historia, la ortodoxia y otras realidades públicas que no quiero mencionar.

En mi sueño, la posada de Belén no era muy diferente a la hostería o pensión de familia de algún pueblo cercano a Rancagua o a Curicó.

Casi toda la gente que repletaba la hostería tenía noticia de que en cierto potrero de un fundo vecino había nacido un niño, «así no más», en un establo abandonado. No me gusta nada este asunto del niño pobre, exclamó el ingeniero. “Esto me atrasa unos días la entrega de la pavimentación de la nueva carretera. El trazado pasa justo por el establo ese… Ya lo tenía todo medido, todo calculado… ¡y ocurrírsele a esta gente cesante instalar allí su propia maternidad!… ¡dígame usted si no es mala suerte!… Menos mal que esta pensión es pasable si no fuera por las pulgas… ¿no es cierto?”.

Doña Rosa, la dueña de la pensión, continuó tejiendo un horrible chal morado de rayas color marrón. Puso cara de mártir. Contaba los puntos del tejido en un murmullo ininteligible, para no tener que contestar la impertinencia del ingeniero.

Todos los presentes la miraban en silencio. El nacimiento de la guagua aquella parecía preocupar a la clientela. Un caballero bien parecido estaba sentado junto al fogón del vestíbulo. Vestía manta tejida y llevaba una corona de rey como las que aparecen en los cuentos de niños. Levantó la cabeza y dijo: “Señora, anoche, a eso de la medianoche vino alguien a pedir hospedaje… Y usted le dijo que no cabía ni un alfiler… ¿no fue así, señora?”. “Así no más fue”, contestó furiosa la dueña de la pensión, creciendo de tamaño a la vista de todos y ciñéndose una corona de reina, para no ser menos que su interlocutor. Hizo un gesto majestuoso, se cubrió la boca como para eructar y continuó: “Esta es una hostería respetable, ¡casi un hostal de dos estrellas!… ¡No recibimos a unos cualesquiera!”.

“¡El que manda aquí soy yo!”, gritó con voz de mando un coronel de Húsares de la Muerte, que pasaba su feriado legal en la Hostería Santa Rosa de Belén. Este altercado y, sobre todo, el asunto de los sospechosos del establo, venían a turbar la paz de sus tan merecidas vacaciones. En esta pensión pueblerina se comía bien, se dormía sin sobresaltos. Ahora mismo estaba tan feliz comiendo un emparedado de ajo con ají y «mayo», y salían ahora con este hecho policial de «toma de terrenos» y partos en lugares indebidos, ¡sin previa autorización de las autoridades correspondientes!…

¡El que manda aquí soy yo!, repetía el coronel, ostentando múltiples condecoraciones guerreras en su respetable esternón. Mientras tanto, la señora Rosa se había transformado en reina de verdad, con capa de armiño y todo. Mirando con ojos desafiantes a mi coronel, decía con voz severa: “¡Muy Herodes será usted, coronel, pero aquí la que piensa soy yo!… ¿qué espera que no manda matar a los Inocentes?”

“Estaría bien ilustre dama”, respondió mi coronel, aplacándose; pero, resulta que yo estoy de «franco» hasta el lunes de la próxima semana. A lo más puedo ir a sacarles un parte a esas gentes indeseables, según decreto 9.554… ¡perturbar el orden y seguridad del universo entero!”. El rey estaba conmovido. Esbozando una sonrisa para mostrar su flamante diente de oro, se dirigió al ingeniero: “¿Qué me dice usted, hombre, qué me dice usted? En plena recesión, y esta gente viene a perturbar nuestra tranquilidad”.

“No me pregunte a mí esas cosas de política”, respondió el ingeniero, algo asustado. “Consúltelo con algún economista del gobernador de Siria. Cirino, según tengo entendido, él acaba de ordenar un empadronamiento, cada uno en su A.A.P.[1] Además, él podrá explicar perfectamente cómo el costo social se saca de donde se pueda”.

El rey no preguntó más. Se puso a llamar por teléfono a unos magos que venían del oriente y andaban buscando una estrellita. Mientras tanto, había en la misma comuna algunos pastores y cesantes que dormían al raso, y vigilaban uno por uno durante la noche sus rebaños, es decir, los rebaños del rey y de los otros dueños de fundo que estaban cenando en la hostería.

No sé quién vino y les dijo a los pastores: “Oigan, ¿saben la novedad?… es que se mejoró una señora ahí en el establo viejo… Vengan. No tengan miedo…”. Y los pastores y los cesantes juntaron un poco de pan, un pedazo de queso de cabra y un tarro de agüita caliente con té, y fueron a ver al niño, de carrera, para no dejar mucho rato el cuidado de las bestias… “Mire que ahora hay que cuidar bien la pega”, decían.

Ustedes saben: los sueños están reñidos con la lógica de la vigilia y con las leyes de la oferta y la demanda. No se extrañen, por lo tanto, que apenas el rey tomó el auricular para avisar a Poncio Pilato, procurador de Judea, se produjo un extrañísimo acontecimiento: todos los clientes de la hostería descendieron al vestíbulo para participar en una especie de plebiscito. Sin mayor dilación todos se abalanzaron a las ventanas y puertas del establecimiento para mirar extasiados una inmensa procesión que avanzaba, imponente, por la carretera recién pavimentada.

A la cabeza avanzaba un orfeón militar, seguido de banderas y devotos; más atrás, en un camión envuelto en tules y cubierto de flores, venía la Virgen del Carmen, revestida de terciopelo bordado, coronada con triple corona de oro. Los fieles marchaban eufóricos aclamándola: ¡Viva la Virgen del Carmen!, ¡viva el Cabildo Metropolitano!, ¡viva la Patria y su Generala! Los clientes de la hostería aplaudían contentísimos al paso del desfile.

Los pastores y los cesantes y mucha gente pobre de los alrededores luchaban por acercarse a ambos costados del camino. Querían mirar también ellos y participar en la alegría de la fiesta, pero los vigilantes, inquietos, los apartaban a empujones y a golpes de luma. Entre ellos estaba María de Nazaret. Llevaba al niño envuelto en una frazada. José, su esposo, trataba de que no fueran a aplastar al niño. Querían ver, querían cantar; pero el coronel había mandado despejar: “¡Vamos!”, gritaba, “¡retirarse tres pasos atrás!”. “Usted, señora”, le dijo a María de Nazaret, “usted, señora, por favor no insista… no ve que viene la Reina de Chile, la Virgen del Carmen… retirarse tres pasos atrás, toda la rotería… ¡vamos! ya le dije, señora, ¡no insista!”.

María de Nazaret lo miró, sin decir palabra y se volvió tranquilamente al establo. Me pareció notar que sonreía muy dulcemente… Después, junto con ella empezaron a volver al establo los pastores, los cesantes y unas personas que venían de diferentes lenguas y países, pero que todos eran chilenos. Uno de los reyes magos me miró y me dijo al oído: esos son los exiliados. Están felices con la Virgen y el niño y esta primera Navidad que van a pasar con olorcito a campo, a pan amasado, a pobres.


[1] Asociación de ahorro y préstamo. Componente del Sistema nacional de ahorro y préstamo que funcionó desde 1960 a 1980.

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